Hace poco, alguien a quien no conocía me preguntó de dónde venía mi particular duelo contra las frases bonitas de propaganda barata. Si me habían hecho algo o se habían metido conmigo. «Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad», le gustaba decir a Joseph Goebbels, el ministro alemán de propaganda nazi. Y es que hay frases repetidas hasta la saciedad, eslóganes enmarcados entre flores, y tópicos contra los lunes y las dietas que pareciera que se quedan sólo en eso sin ir más allá.

Así que lo reconozco, a veces yo también me pongo un poco nazi, y otras mil más no me aplico el cuento de lo que tanto predico. ¡Culpable! Pero es que además se activa en mí una alerta roja nivel 5 cuando, en el peor momento posible, oigo los clásicos “bueno, no pasa nada” o “de esto no te vas a morir”. Sí, sí pasa, y no, seguramente no nos muramos de esto pero, ¿y mis 5 minutos de respirar y maldecirlo todo? Una cosa es aprender a gestionar las emociones y otra que te den palmaditas en la espalda. ¡Pido tregua antes de coger perspectiva y seguir adelante! Es verdad que la vida sube el volumen si somos reincidentes y nos dejamos matar mil veces por la misma bala, pero también es verdad eso de que cuando la vida se pone muy patas arriba y nadie sabe qué decir, cómo consolar, a veces basta con lo más tonto.

El cartel de arriba lo diseñó Emily McDowell, una diseñadora gráfica que escribió lo que le hubiera gustado oír en su momento más bajo. Le diagnosticaron un linfoma de Hodgkin con apenas 24 años y recibió quimio y radioterapia durante 9 meses, 9 meses en los que además de perder el pelo y varias amistades y todo lo que ya se sabe, sintió que a la gente de su alrededor le faltaban las palabras. Tarjetas llenas de sentido del humor, ternura sin cursilerías y sobre todo mucha empatía cuando no hay mucho más que decir. Sólo estar ahí.

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Recordé cuando garabateaba esto que hace poco conté que hay veces que las palabras no salen, no son suficiente, no llegan. Se pierden por el camino, se cambian de acera o se vuelven más feroces que las propias balas… Ahora, leer y escribir son cosa de todos (o casi) pero antes no. Históricamente, la escritura estaba reservada a monjes y sacerdotes, a la alta sociedad feudal; no a la gente de la calle desde luego.
Y entonces me acuerdo de otros carteles de cartón que nadie quiere ver, de esa letra que cuenta otra historia. Con sus trazos atropellados y sus faltas. Del frío y las esquinas. De que la vida de la calle no entiende de horas, estaciones, días de la semana o festivos bonitos: se duerme cuando empieza a caer el sol, antes de que el loco frío apriete, y se pide comida escribiendo en un cartón.

Hay una iniciativa maravillosa que hace tiempo que quería contar. Se llama Homeless Fonts, lleva algo más de un año en marcha y trata de sacar el lado bueno de lo más terrible de una manera creativa y preciosa. ¿Te imaginas ver la letra de un sintecho en el menú de ese nuevo restaurante o en la etiqueta de tu botella de vino preferida?
Con la idea de que la letra de cada ser humano es única y de convertir el horror de la calle y el hambre en algo muy positivo que suene más a futuro y a ilusión que a otra cosa, la Fundación Arrels reunió a varios sintecho y organizó un taller con varios expertos para convertir su letra manuscrita en una fuente que se digitalizó, desarrolló un alfabeto y creó una tipografía exclusiva que era propia de cada uno de ellos. Ilegible, enérgica, libre, cuidada, de genio, de niño… infinitas caligrafías, todas ellas únicas y muy personales; y ése era precisamente el motor de la iniciativa.

Y es que los trazos, las letras y los borrones dicen muchísimo de nosotros y tienen un poder visual brutal: hablan de historias, de vidas, de épocas y de sensaciones sin que apenas nos demos cuenta. Captan nuestra atención por su fuerza o su delicadeza, por ser rectas o infantiles, románticas o desastrosas. Lo que transmiten, lo que cuentan, es también el mensaje que hay detrás. Poetas y chefs, malas decisiones o casas incendiadas, dibujantes de cómics y divorcios… una vida detrás de cada letra.

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Y del cartón pueden llegar a la portada de una revista, a un cartel de cine en una premier del festival de San Sebastián o al eslogan de marketing más popular de esta Navidad. Al entrar en las fotos de Gemma, Francisco, Miguel o Loraine, podemos leer su historia, comprar su caligrafía y ayudarles. ¿No es genial? Es un intercambio, un aprendizaje mutuo. Marcas, particulares y empresas de todo el mundo ayudan así a cerca de 1.400 sintecho de Barcelona con sólo entrar en la web y comprar una tipografía única (a partir de 19 €) para hacerla su imagen corporativa, la de su email o la de su tarjeta de visita. O descargándose la App de pago para personalizar las redes. Incluso mandando postales navideñas de cartón escritas por ellos.

Creo que la idea no puede ser más estupenda ni funcionar mejor.
Ojalá lleguen a muchos.
Ojalá, de alguna manera, ellos reescriban su historia. Dejen de ser invisibles.

http://youtu.be/NhT63AB_wsc

P.D.: La primera iniciativa solidaria, y la que más os gustó, fue Antes de decir adiós. ¿Te acuerdas?

 

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