«Se hace difícil ver a los muertos, en lo alto de sus pedestales póstumos. El dolor, la deferencia y los efectos homogeneizadores de la adulación empañan los detalles, allanan los bultos y liman los bordes ásperos. Cuando alguien muere joven, buena parte de la tragedia recae sobre su porvenir. ¿Qué habría hecho? Nunca había visto a tanta gente llorar como en el funeral de Marina. Y no sólo llorar: estremecerse con tanta fuerza que temí que se les fueran a partir las costillas».

Desde hace unos años, intentaba explicar por escrito esa misma sensación, pero era incapaz. Ni siquiera con la perspectiva que dan los años. Cuando alguien muere joven, cuando alguien se va y sentimos que no toca, cuando nos pilla más desprevenidos que nunca, el dolor es así de grande. Y el pedestal póstumo también.

Lo encontré gracias a Anne Fadiman, profesora de Yale y periodista, en mi libro amarillo favorito. Dice que Marina habría triunfado seguro, que era «amable, brillante e idealista pero también feroz, osada y provocativa. Espero no olvidarlo. No andaba escasa de inconformismo: era un halo de furiosa energía y no sólo tenía talento, también determinación». Marina Keegan murió en un accidente de coche en mayo de 2012, 5 días después de graduarse magna cum laude en Yale. Tenía 22 años, varias obras de teatro, ofertas de The New Yorker e infinitas ganas de hacer que pasase algo en el mundo ahora, con 22, no con 40. Su discurso de graduación dio la vuelta al mundo y recibió casi un millón y medio de visitas.

«No tenemos una palabra que designe lo contrario de la soledad, pero, si la hubiera, definiría lo que yo quiero en la vida. Cómo me siento en este preciso instante. Aquí. Junto a todos vosotros. Enamorada, impresionada, agradecida, muerta de miedo».
Lo contrario de la soledad…

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«¿Quieres marcharte temprano? No, quiero que me dé tiempo a enamorarme de todo… Y todo es tan breve… Viviré para el amor, y lo demás vendrá rodado», Marina Keegan, del poema Bygones.

Creo que buscamos (y tenemos) tribus y líderes como un mantra que se nos enseña desde bebés para aumentar nuestras posibilidades de supervivencia. Igual que buscamos que vean con buenos ojos nuestras decisiones pero también que nos dejen cuidar de ellos. Para que, como en la jungla, el grande y fuerte no siempre se coma al pequeñito.

Formamos parte de grupos, de equipos, de clubes.

Sentimos que somos del clan, que jugamos fuera de casa sí, pero juntos, que votamos igual, que cantamos y celebramos unidos aunque seamos completos desconocidos, que nos une un escudo, un himno, una causa o un hobby. Somos contrarios que se buscan, confabulan e intercambian pillerías como niños en el recreo cuando sus equipos se enfrentan, cuando el enemigo es común o cuando lo más bobo se comparte. Y que mal de muchos… como si también al compartir lo malo (o lo peor), se aliviara un poquito la carga, sin saber bien cómo o por qué.

Y en esa red que se teje a nuestro alrededor nos sentimos protegidos.

Más capaces y menos amenazados.

Sentimos que muchísima gente está con nosotros en algo, incluso en los momentos de total soledad, en las noches de vuelta a casa, en los días más cansados, perdidos y solitarios. Son círculos que no siempre vemos, pero están ahí, a nuestro alrededor, sosteniendo, «como cuando la cuenta ya está pagada pero nadie se mueve de la mesa, como cuando dan las 4 de la mañana pero nadie se mete en la cama».
Estamos a gusto, nos sentimos queridos, somos útiles. Somos parte de algo.

Cuando acabamos el colegio, nos come el vértigo de lo nuevo, los caminos marcados, la patología del éxito y lo que se espera de nosotros. Tomar decisiones y creer que tienen que ser las correctas para que, en unos años, no nos ahoguen los tópicos de los mejores años de nuestra vida, esos que suenan a «ojalá hubiera…», «y si…» o «tendría que haber…». Y es el mismo precipicio que cuando se acaba un campamento o la universidad, cuando nos deja el príncipe azul o nos pide que nos mudemos juntos, cuando no sabemos hacia dónde tirar o cuando acabamos felices una etapa. No es sólo el miedo al cambio, a hacerse mayor sin vuelta atrás, a adaptarse a una nueva ciudad o encontrar trabajo; es lo mucho que asusta perder lo que tenemos.
Este sentimiento, estas noches, estas rutinas, esta red de seguridad sólo nuestra. Y tan nuestra.

Siento que siempre sentimos que los demás sí y nosotros no. Que ellos mejor y nosotros peor. Que deberíamos hacer… Que ya no… Pero supongo que así somos, así de ferozmente críticos con nosotros mismos. El peor jurado. El listón tan alto. Las ilusiones ambiciosas y perfectas.
Pero nadie estudia todo lo que debería ni disfruta todo lo que se propuso; nadie madruga todo lo que le gustaría ni tiene el futuro que planeó con ceras de colores en la guardería. Y así somos. Y nunca, nunca tan jóvenes como hoy. Nunca con tantas posibilidades de cambiar de opinión, empezar de cero, seguir la ruta o tomar la delantera como hoy.

Creo que entonces, cuando en medio del nubarrón perdemos toda la perspectiva, necesitamos leer y releer y creer en esta frase que subrayé hasta desgastarla de su libro, el que recopilaron los que más la querían y admiraban cuando se fue y que es increíble de principio a fin: «La idea de que ya es demasiado tarde para hacer cualquier cosa, la que sea, resulta cómica. Qué disparate. Somos tan jóvenes… No podemos, no debemos perder la ilusión de que todo es posible porque, en el fondo, es lo único que tenemos».

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«-Vive como si cada día fuera el último-, era el consejo convencional, pero a ver quién tenía fuerzas para eso. ¿Y si llueve o te duele la garganta? Francamente, no era práctico. Mucho mejor, con diferencia, vivir apasionadamente», One Day.

No tenemos una palabra que designe lo contrario de la soledad… no.
No es exactamente compañía o amor, tampoco es una multitud de gente ni un sentimiento de comunidad. No es ruido ni son vidas ajetreadas. No es tener la vida resulta y los años en orden. Ni lo contrario a la pérdida. Es más bien esa sensación de sentirse agradecido, protegido y parte de algo con sentido. A salvo.

Esa sensación (intangible e imposible de definir) cuando sabes que mil brazos te cogerían.

O, al menos, los suficientes.

 

P.D.: las facturas y tu vocación.

P.D.2: muy felices veintitodos.

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