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Katherine Wolkoff

Hace poco, entre ese barullo de frases bonitas y eslóganes simplones enmarcados entre flores sobre los lunes, el amor y la vida, leí un cartel improvisado y lleno de garabatos que decía en inglés algo así como: «Ella es puro arte, y el arte no se inventó para ser bonito, sino para hacer sentir algo».

Quizá por eso me emocione tanto esa gente capaz de decir mucho sin hablar tanto, capaz de hacer verdaderos fotones incluso sin una Nikon colgada del cuello o de crear maravillas con cualquier brocha deshilachada. Esa gente que emociona, conecta y recoge lo bonito en 2 sílabas, un acorde y una mancha descolorida. Esa gente capaz de hacer vibrar, de dar un nuevo sentido a lo que parecía feo, roto, cotidiano o llenito de polvo, gente capaz de traspasar la pantalla… y algo más.

Siempre se habla de nuestras necesidades básicas, como estar protegidos, comer, dormir o tener las necesidades afectivas cubiertas. Pero, una vez que tenemos la tripa llena, en nuestro código se esconden otras necesidades que buscan alegrarse la vista, cerrar puertas que se quedan a medias y estructurar el caos. Rodearnos de cosas bonitas que nos hagan sentir bien.
Necesitamos el orden, la simetría y la estética no como un capricho, sino como una necesidad primitiva.

Pensando en todo esto me acordé de que un día leí que en las cavernas no sólo fueron pioneros del fuego, también de la estética. Una lanza no caza mejor ni lucha mejor por ser más simétrica, igual que un hacha no corta más por ser más bonita, pero ellos reflejaban la simetría de su entorno y el ritmo de la naturaleza en todo lo que hacían. Es cierto eso de que somos lo que vemos, lo que proyectamos… que lo bueno atrae cosas buenas, las busca, las imita y las quiere. Como polillas atrapadas por la luz.

Me pareció genial cómo lo explicaban, contando cómo el Homo erectus más básico y rudo desarrolló así la capacidad de apreciar lo bonito, dando un paso más y preparando al cerebro para desarrollar la comprensión. Y como lo feo nos asusta, lo rechazamos y buscamos la armonía, el orden, saber que todo va bien. Eso nos dice lo bonito.
Las cosas pueden ponerse patas arriba, torcerse y complicarse, pero compensamos ese caos para darnos el premio después de tanto barro.

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Lienzo de Zaria Forman – Maldives

Dicen que el humor nace de ir contra la realidad. Y me encanta esa idea. De hecho, creo que pasa algo parecido con lo bonito… compensa cuando pasa lo peor.

Puede gustarnos o no. Puede parecernos hortera o una maravilla; estar en el polo más opuesto o compartirlo como si fuera más nuestro que nada. Pero en realidad sólo hace falta ver un poquito más allá y saber qué hay detrás. Apreciarlo aunque discrepemos a muerte, entender por qué nos llega tanto, nos revuelve o nos inspira. Qué transmite.
Por qué nos recuerda o evoca a algo o a alguien. O por qué nos hace imaginar.
Y es que siempre depende de los ojos que lo miran. Como todo.

Cuando a nuestro alrededor todo parecen adioses, pérdidas y que nada dura para siempre, “imprimirlo” parece que lo hace permanente. Parece que pudiéramos congelar lo bueno para que siempre esté ahí con nosotros (o casi), grabarlo eternamente y capturar un instante para que deje de ser efímero. No tan de paso. En un cuadro, en una escena de película, en la historia de un libro, en una carta, en esa canción o en una foto borrosa… Son nuestras pequeñeces permanentes.

Gracias a LCDQ descubrí a Seph Lawless, fotógrafo estadounidense que recorre el país buscando espacios abandonados (¡merece la pena verlas!)… casas, centros comerciales o parques de atracciones engullidos por la naturaleza y que algún día estuvieron “vivos”. Esa decadencia me recuerda de alguna manera a Lee Price, con sus bañeras llenas de limones y de mujeres desnudas comiendo.
Luego descubrí que con los cuadros de Josep Moncada siempre, siempre parece verano, pase lo que pase. Todo es azul y refrescante y dan ganas de bañarse, ¡muchas! Igual que con la hipnótica (y reivindicativa) Zaria Forman y sus islas lejanas… De Maldivas a Groenlandia y de Groenlandia a Hawái. O a las mujeres melancólicas de las misteriosas fotos de Hannes Caspar.
Y una noche me encantaría colarme en L’Orangerie de París… y quedarme para mí esos nenúfares de Monet que me traen tan buenos recuerdos.

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Lienzo de Josep Moncada

Y pensando en todo esto y en cómo y por qué nos gusta tanto lo bonito y lo permanente… recordé que «el corazón necesita sangre, los pulmones aire, la boca saliva, los músculos movimiento, el cerebro cambio y la mente… la mente necesita belleza».

 

P.D.: lo contrario de la soledad y nuestras tribus.

P.D.2: el arte callejero y una iniciativa preciosa.

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