Quentin Tarantino tiene diálogos geniales, ácidos… y también inesperados. Casi siempre descolocan por ser irrelevantes pero cotidianos, parecen fragmentados pero son lo más ágil y real que hay. Después de volarle los sesos al de al lado y salpicar la mesa de sangre y vísceras, un par de gánsteres opinan sobre Madonna, el tocino y las patatas fritas con mayonesa.
Y todo el mundo recuerda esas patatas fritas con mayonesa…

En las escenas de Tarantino no hay prisas para según qué, todo tiene el ritmo y la importancia que él cree que merece tener y cada uno da prioridad a lo que quiere frente al resto de cosas. La historia sigue, porque siempre sigue sin esperar a nada ni a nadie, pero las patatas fritas con mayonesa en Holanda son importantes para él. Y ésa es su esencia, su genialidad y lo que le hace tan, tan él.

El primer post de este blog se publicó un jueves de julio del año pasado, justo antes de soplar mis velas. Empezó con infinitas ganas (proporcionales a los nervios) y con tantas alegrías como retos, y al acabar 2015 conté que va a ser verdad que hay puertas rojas que te cambian la vida y que tenía una suerte como la del 79140…
Supongo que sigo sin aplicarme el cuento de todos esos lugares comunes sobre los que escribo, de todos esos caminos y saltos al vacío; y me sigue encantando que me lo recordéis a golpe de mensaje bonito.

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Tjalf Sparnaay

Dicen que escribir sobre algo lo vuelve real… y a mí eso siempre me ha dado mezcla de subidón y vértigo. Es como rescatar algo de la memoria, del subconsciente o de lo que no queremos reconocernos. De lo que molesta o duele, de lo que nos pica y escuece, y de lo que escondemos ahí, bien al fondo.
Escribir nos pone ese filtro en el cerebro y hace clic cuando menos te lo esperas, colocando delante de nosotros la magia de las coincidencias y las huellas que nos creíamos que eran invisibles.

A veces la imaginación se muda y la inspiración pide tregua; y otras, la vida se nos pone patas arriba y el papel en blanco desafía más de la cuenta; puede que en ocasiones eche de menos esa idea que hace clic o esa sensación para seguir tecleando sólo algo que me encante contar. Pero igual que corro cuando los lunes, las lágrimas o los fantasmas ahogan, también escribo cuando estoy feliz o ansiosa o de los nervios, o cuando busco perspectiva.

Y si pudiera pedir un deseo de “primer cumple” sería ése: ser como Tarantino, escribir de lo que me apetezca cuando me apetezca y no perder la esencia de mis propias patatas fritas con mayonesa pase lo que pase alrededor.

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Mi café del 1 de enero…

Miller escribía en los cafés, donde Voltaire se bebía más de 70 tazas, Proust en ningún sitio mejor que en su cama (con leche y croissants), y Flaubert fumando como si no hubiera un mañana. Virginia Wolf de día y Balzac de noche.
Me encanta cómo Sabina es capaz de hablar de lo más humano retando a la ñoñería a base de amores trasnochados, barras de bar y portazos que siempre huelen a algo más. Me chifla que JK Rowling crea en la imaginación como única forma de salvarse de los monstruos. Y me deja embobada cuando Marina Keegan, con sólo 22 años, hablaba de su primer coche para evocar la nostalgia de la juventud. Igual que las patatas de Tarantino…

He escrito en mi hora libre del peor lunes de la historia, en mi café favorito aunque estuviera lejos, en el aeropuerto y en el tren, en remojo en pleno diciembre o paseando por el París más triste y silencioso que jamás he paseado.

He escrito sobre cosas que no sentía en primera persona, aunque a muchos os lo pareció, y otras que sentí más que nunca o quise sentir; sobre lo que quise olvidar, recordar o revivir. Sobre lo que quise dedicar, también. He escrito, a veces, sobre lo que les pasa (o quiero que les pase) a los que tengo muy cerca, y otras muchas sólo imaginando o simplemente soñando. He escrito para interiorizar algo, para compartir lo que otros sienten o para recordarme a mí misma lo que no debería jamás perder.

Ya se han sumado doce meses de vicios, contradicciones, brindis y cambios; y es verdad que siempre es mejor calidad que cantidad, que las cifras no definen nada, pero a veces sí, impresionan, llegan y empujan. Dan sentido. Qué gustazo.

Gracias por todas las alegrías, consejos, abrazos y lecturas; gracias por cada comentario, mensaje, guiño y sonrisa. A los que me cuidáis tan bien, a los que estáis, de la manera que sea, y a todos los que os asomáis por aquí aunque no lo sepa.
Todo lo que diga es poco… como el 79140.
Gracias siempre.

 

P.D.: Y de repente… quiero.
P.D.2: ¡Bienvenidos!

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