A veces el paso del tiempo nos vuelve un poco locos y nos ponemos terriblemente nostálgicos. Los recuerdos, de repente, vuelven como una musiquilla lejana pero constante y caen pesados sobre nosotros, ya sea porque la lluvia nos pone más bobos, o por estar fuera de casa y echar todo de menos, o por pasar por una etapa de cambios de 180 grados… No sé qué será pero a veces pasa.
Vuelven los 90, Radiohead y lo retro. Vuelve la belle époque. El neoliberalismo.

Decía Allen en su Medianoche en París que eso de «cualquier tiempo pasado fue mejor» sólo intenta hacer la vista gorda con nuestros fantasmas, que se las apañan siempre para volver y hacernos cosquillas cuando menos lo esperamos.
Y es que, con el tiempo, cuando los recuerdos vuelven, nos infunde de pronto un espíritu más benévolo, casi idealizado, que lo cubre todo y nos emborrona la realidad.

Los lugares, las personas y los momentos que dejamos atrás son todo un equipaje emocional que hay que saber llevar. Bien usada, estoy segura de que la nostalgia puede servirnos para crecer, para situarnos, para conocernos, incluso para ser más ligeros y desprendidos… algo así como si el tiempo se nos colase por dentro (a veces con colador y otras sin) y fuese modelándonos sin apenas darnos cuenta hasta que un día echamos la vista atrás y nos hacen cosquillas los recuerdos, las convicciones que creíamos tan férreas, las emociones que parecían inamovibles, nuestra forma de vivir, de ser, de vestir o de hablar.

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«El tiempo no pasaba… sino que daba vueltas en redondo», Gabriel García Márquez.

En los 90, la cultura “rave” irrumpió para reivindicar los espacios muertos o abandonados y llenarlos de cultura: fábricas en desuso, naves, descampados e iglesias que se llenaban de algo bien distinto. A principios del año pasado, la banda indie The 1975 publicaba su segundo disco; su título era I like it when you sleep, for you are so beautiful yet so unware of it (algo así como el poema de Neruda) y el fotógrafo David Drake reconstruyó los títulos de sus 17 canciones a través de carteles de neón rosas.
Drake y el director artístico Samuel Burgess-Johnson recrearon en varios ambientes abandonados (o vacíos) de Inglaterra y Estados Unidos las emociones que generaba cada canción del disco. Montaban el cartel de neón, lo trasladaban donde hiciese falta y, una vez conseguido el efecto que buscaban, hacían las fotos.

Igual que la marca de identidad de la banda indie de Chicago Ok Go son sus videoclips llenos de explosiones de color a cámara lenta, disparos de tinta y globos de agua estallando en una sola toma (¡increíble el último!), los carteles de neón son ya icónicos de ellos, The 1975.

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Creo que el poder de la música es brutal, igual que el de la fotografía. Y unidos, aún más. Por eso me encantó la idea. Y me hizo pensar en el origen de todo eso… qué nos saca las tripas, qué nos inspira, qué nos conmueve y nos trasmite algo distinto dentro de tantas cosas iguales que se repiten y se repiten proliferando como setitas. ¿Nos inspiran más quienes ponen una intención tremenda en todo aquello que hacen? ¿O sólo algunos de ellos lo consiguen? ¿Sabemos ver quién tiene un don extraordinario realmente? ¿Por qué a veces algo nos llega tanto que nos hace tener la cabeza en ebullición, llorar como magdalenas o saltar sin parar en un concierto? ¿Cómo es posible que nos lleguen tanto, tanto?

Quizá el simple hecho de mirar bien y más despacio y hacer caso a las vibraciones y estímulos de nuestro cerebro sea clave para apreciar eso tan, tan bueno que algunos consiguen hacernos sentir. Me da igual que sea en una historia, en un disco o en un cartel de neón.

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La kenopsia, dicen los diccionarios, es esa sobrecogedora e inquietante atmósfera de un lugar que habitualmente estaba lleno de gente pero que ahora parece abandonado. Tranquilo. Sin vida.

Cuando os conté hace un tiempo que Seph Lawless fotografiaba centros comerciales abandonados por todo Estados Unidos pensé: ¿qué nos lleva a aferrarnos a sitios así? ¿Por qué hacemos de ellos los protagonistas de nuestras fotos, portadas de discos y expos del mundo entero?
Inquietantes retratos de una época que ya pasó. Que ya se fue. ¿Nos atrae sin remedio lo que un día estuvo vivo y ahora sólo vacío y abandonado? Qui lo sa.

Quizá sea nuestra forma (irresistible y humana) de devolverlos a la vida, de darles su sitio, de respetarlos incluso. Quizá así les contamos a los demás lo que se nos queda atrás, roto y sin vida.
Los restos del naufragio.
De un tiempo mejor (o sólo distinto).
De nuestra nostalgia pura y dura.
Y de lo maravilloso que es saber rebuscar magia entre eso, entre lo abandonado, donde otros no ven nada.

 

P.D.: nos gusta lo bonito… algunos de mis artistas preferidos y de esa gente capaz de decir mucho con poco, esa gente que emociona, conecta y recoge lo bonito en 2 sílabas, un acorde y una mancha descolorida. Y lo difícil de saber decir adiós.

P.D.2: y hablando de la música y de su poder… ¡que no mueran nunca los cantantes!

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