Somos un poco expertos en todo. Quedas a comer con amigos y los arquitectos porfían a los médicos mientras éstos les dicen cómo deben construir casas; al otro lado de la mesa, los profesores piden que los niños vengan de casa meados y llorados, y los padres dicen que de eso nada; y en el autobús hay tertulias profesionales sobre el asfalto, el tráfico y los ayuntamientos, porque estamos cargados de razón, claro.
A menudo enriquece, los debates nos hacen ser lo que somos; lo que no entiendo me gusta es esa necesidad mortal de llevar la razón por encima de todo y de todos. Ser considerado y educado con los sentimientos ajenos es lo menos torpe y más enriquecedor del mundo. A menudo damos por supuesto que nuestras convicciones, creencias y sensaciones son universales; o, al menos, certeras. Y negaremos esto si nos lo preguntan, pero lo cierto es que no nos suele gustar que nos cuestionen. Claro que no. Y muchas veces confundimos la pasión con los decibelios, decía Carlos Alsina un día de verano, como si así tuviésemos más razón o lo que decimos fuese más importante, mas verdadero, más lógico.

Ahora lo que se lleva es que si pides chuleta alguien te recuerde que la OMS (¡la OMS, nada más y nada menos!) lo desaconseja. ¿Del todo? No, pero bueno… mejor no lo pidas. ¿Entonces qué pido? Pide sardinas, que son ricas en Omega-3, o coles de Bruselas antioxidantes. Y de postre papaya, que es diurética y depurativa y libre de olores (y casi sabores). Desayuna semillas de chía y da culto al aguacate, pero tampoco abuses, que la prensa manipula mucho y luego nadie se acuerda de las plantaciones locales. Se lleva ser los más sanos del lugar, expertos en propiedades, nutrientes y bondades, pero ponemos el grito en el cielo si el de al lado hace running (¡eso es malísimo!), se echa potingues en la cara (¡serás cursi!) y bebe leche de avena (¡chorradas!). Somos contradictorios por vocación, va en nuestro ADN, y así tiene que ser… Comer es, a veces, sólo un acto social, hedonismo puro y duro, una excusa perfecta para celebrar juntos, para llorar juntos, para estar juntos, cada uno dentro de sus vicios, preferencias y alergias. (Y los que quieran comer polvos con pajita sustitutivos del placer y la comida, a Silicon Valley, que allí saben mucho).

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Se lleva, también, criticar el nuevo carril bici, las zonas verdes, el reciclaje y la donación de Amancio Ortega a la sanidad pública (soy tan boba que prefiero que el marketing salve vidas, allá cada cual). No me gustan los ataques de dignidad por encima de todo. Se lleva burlarse de la infanta (barra princesa) por leer a Lewis Carroll en vez de bailar salchipapa y reggaetón (lean) y se lleva hacer distinciones primitivas y decirles a los hombres que no se “despatarren” en el metro, por favor. Qué falta de consideración. Claro, nosotras siempre reducidas, echadas a un ladito para que vuestra cadera y vuestros abductores reposen a gusto como buenos dominantes que sois, cuando hace tiempo que todos asumimos las normas cívicas de rigor en sociedad. Las asociaciones (y la alcaldía misma) lanzan una campaña y pegan pegatinas por los autobuses, metros y trenes: ¡no al despatarre! Y ya que estamos, semáforos gays para todos, que los de antes debían ser homófobos. O algo. Más de veinte mil euros para que Madrid dirija el tráfico con mujeres de falda caminando de la mano, que esos monigotes con dos brazos y dos piernas eran muy machos. Como decía hace poco, hay un feminismo rancio, caduco y revoltoso que nada tiene que ver con los derechos compartidos: no, gracias, no necesitamos bolis Bic especiales, semáforos especiales o campañas de boicot.  La educación no se legisla, se mama.

Pero bueno, alguien que me conoce bien me dijo hace poco que no siempre hay que ganar los debates. Para qué. Es verdad. No gano mucho; no gano nada, de hecho. Nada es tan importante. ¿Verdad? Así que, señores, que no se nos vaya la olla… que aquí hemos venido a disfrutar de esta verbena de vida, no a morir matando. Que cuando dos elefantes luchan, la única que sufre es la hierba.

P.D.: de verdad de la buena.
P.D.2: el peligro de una sola historia.

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