«Supongo que de eso trata todo. Nadie sabe con seguridad el impacto
que tiene sobre la vida de los demás. A menudo no tenemos ni idea.
Y aún así, hacemos las cosas exactamente igual».

Netflix nos ha convertido en zombis sonambulistas adictos a las series (más) e incapaces de esquivar el botón de “siguiente episodio”, que apenas nos da un margen de cinco segundos para dejar esta vida de crápulas cinéfilos y dormir un poco… o seguir. En estas, me zampé la primera temporada de 13 reasons why en pocos días de calor infernal y con cada capítulo se me amontonaban mil ideas y reflexiones que quería compartir cuando fuese capaz de ordenarlas. Ahora, después de una semana en Barretstown con los niños más especiales que conozco, no había mejor momento. ¡Allá voy!

Escribía hace más o menos un año (aquí) que se hace difícil ver a los muertos, especialmente cuando alguien muere joven. Cuando sentimos que no toca o cuando es tan imprevisto que el dolor es enorme. Tan enorme como el pedestal póstumo.
La historia de Hannah, Hannah Baker, se va deshilachando cinta a cinta, entremezclando presente y pasado (brutal el juego de luces y las oscilaciones de color/oscuridad y brutal la B.S.O.) en medio del huracán que supone para los protagonistas ser adolescentes y sobrevivir. A ellos. Al colegio. A los demás. A lo que se espera de cada uno. A las etiquetas. A los complejos, miedos y cambios. No todos reaccionamos igual; estar en la lista de todo el cole como “mejor culazo” o “peor besador” puede tener consecuencias en los demás que creo que no imaginamos. A través de las 13 cintas de cassette, Hannah explica sus motivos, cuenta su historia y cierra el círculo a todas esas preguntas sin respuesta.

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Con los años y la distancia puedo decir y reconocer que el colegio se convierte en nuestra jungla, nuestra primera jungla, por muy protegidos que estemos y por muy favorables que sean las circunstancias alrededor. El colegio nos curte, nos prepara para lo que llegará, nos pone a prueba. No tengo ninguna duda. Y depende de nuestra inteligencia emocional y nuestra capacidad interna de superación sacar la cabeza del agua antes o después. A esas edades somos infinitamente más vulnerables, ¿cómo iba a ser si no? Nuestro cerebro ni siquiera está formado al completo. Y en esos años, a nuestro alrededor, parece que se forma un popurrí arrollador y más gigante que nosotros de cambios físicos y emocionales, familias ausentes o complicadas, bullying, amigos, las tecnología y su efecto mariposa, la patología del perfeccionismo y la normalidad, sexo, drogas y rock&roll, un cóctel molotov de emociones desconocidas, identidades y requisitos que se nos escapan sin apenas darnos cuenta y con los que a veces no nos sentimos nada identificados… Y, aunque parezca mentira, va a peor cuanto más distintos seamos: si llevamos parche en el ojo o muletas, si padecemos una enfermedad física o mental, si no cumplimos los requisitos estandarizados, si no nos gusta lo que al resto.

Yo no soy la misma chica que salió de allí a punto de cumplir 18 años, pero no sólo por los años que han pasado y la evolución inevitable que todos vivimos, sino porque fue a partir de entonces cuando fui yo misma. Más que nunca antes. Cuando supe qué iba queriendo, cómo era yo, qué sitio quería tener y cómo quería contárselo al resto del mundo.

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Si me tuviese que quedar con un mensaje, sería el del principio de este post: nuestras acciones, nuestras palabras y nuestras decisiones, por pequeños que sean, desencadenan consecuencias que no imaginamos en los demás. Pero siempre está en nuestra mano no hacer daño gratuito, ser considerados con los demás pase lo que pase, defendernos antes los abusos desde pequeños, cuidar de quien nos quiere, hacernos muy, muy fuertes, confiar en nosotros. Y hacernos, pasito a pasito, emocionalmente inteligentes.

Y añadiría unas de mi discurso favorito que compartí hace mucho aquí:
«No estoy aquí para deciros que el fracaso es divertido, pero es inevitable. Estoy aquí para deciros que fracasar remueve todas las capas de lo intrascendente. En mi caso, tocar fondo se convirtió en la base sólida sobre la que pude reconstruir mi vida. La vida es difícil, complicada y transcurre más allá del contro de cada uno. Recordad que no se necesita magia para cambiar el mundo, ya llevamos dentro de nosotros todo el poder que es necesario para eso», J.K. Rowling, Harvard 2008. 

P.D.: lo contrario de la soledad, una de esas historias que merecen muchísimo la pena. Marina Keegan es de los mejores descubrimientos que he tenido 🙂
P.D.2: ¿Por qué nos llaman la generación sin ganas?

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