El mundo podemos verlo en cinco mil millones de fotos, reportajes y vídeos, pero hasta que no vives en directo el Lago Titicaca, Times Square, el Templo de Abu Simbel o las playas de Costa Rica no entiendes su grandeza y lo impresionantes que son todos ellos. Da igual el millón de veces que hayas visto las fotos y hayas flipado: cuando llegas allí es cuando alucinas de verdad.

Cuanto más viajo, más siento que el mundo es inmenso, y extraordinario, y heterogéneo, y todo lo que nos queda por conocer, recorrer y disfrutar de cada cultura y cada rincón. «Tal vez todos nos quedamos siempre con algún viaje pendiente, planeamos viajes cuando ya son imposibles, como si intentásemos comprar tiempo aun sabiendo que el nuestro se ha agotado y que nadie puede regalarnos ni un solo minuto más», escribía mi favorita, Milena Busquets.

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Hay viajes y viajes y hay maletas importantes. Llenas de por si acasos, soles y nubes, y huecos que se van llenando. Hay destinos con nombre y apellidos y hay billetes sin fecha de vuelta. Viajar no es siempre maravilloso, bonito, cómodo o idílico; ni lo son todos los destinos, medios de transporte, climas y alojamientos. Hay días. Pero casi siempre merece la pena vencer la comodidad por viajar, porque no tengo ninguna duda de que aprendemos por dos, vivimos por dos y nos abrimos al mundo por dos. Rodar por el mundo nos enseña tanto que si echamos la vista atrás después de cada viaje sólo podemos sentirnos más fuertes, más capaces y más llenos. Más curiosos. Al menos yo, que siempre vuelvo en ebullición, con la maleta más cargada que a la ida y con ganas de más de todo!!!

Viajar es vivir el día a día de otros. Es calarse entero y subir doscientos escalones por ver eso que te morías de ganas de ver y que te quita el hipo. Es la felicidad de darse una ducha después del día más largo e intenso. Es comer por la calle lo que no imaginaste y cenar a deshora. Es su gente; porque sin ellos, nada. Es ese olor distinto y ese mar cercano. Es conocer gente que no se vuelve a cruzar en tu camino pero que te llenan de mucho y muy bueno, algo indescriptible. Es dejar prejuicios atrás e ir más livianos. Es entender mejor a esa otra parte del mundo y ver que lo nuestro no es tan importante, ni tan grande, ni tan único porque viajar consigue hacernos más transigentes, más capaces, más payasos y más sensibles.
Viajar es aprender a conocernos, a querernos y a escucharnos bien, y ver siempre más allá. Un poquito más allá.
Viajar es sentir mucho en poco; es no perder nunca la capacidad de asombrarnos; es vivir dos veces una sola vida.

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«Hostales que nos recuerdan que nuestra almohada también es un paraíso. Y que la felicidad se sirve en los desayunos de hotel. Maravillas del mundo que nuestros nietos jamás creerán que tuvimos tan cerca. Fotos mentales, siempre mis favoritas, aunque sean las más cursis de todas. El mundo de pinypon desde el avión. Otras cervezas. Otros mares. 
Y entonces recuerdo que los viajes se empiezan inquietos, limpios e impacientes para acabarlos melancólicos, sucios y reflexivos, con la cabeza a mil, el cuerpo necesitado de chapa y pintura y la maleta la mitad de llena de lo que salió, porque a la vuelta sólo lo importante pesa. Siempre habrá quien viaje para añadir la foto, para grapar folletos y kilómetros y tachar otro tick de la lista. Siempre habrá quien prefiera no levar anclas, hasta que la resistencia sea tan insostenible que se ahogue con él en la orilla. Quienes no crean en la fuerza del mar, las raíces y las caras de otro color. De otro olor. Quienes no entiendan que todos necesitamos sur y norte, incluso Conchinchina, y que será allí donde encontremos a esa gente especial que nos cambiará tan positivamente los esquemas un día cualquiera».

 

P.D.: este último trocito es de vientos del norte.
P.D.2: y aquí más sobre otros viajes especiales.

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