Un paquete de folios en blanco y un bolígrafo, así se resume todo. No hace falta mucho más. O, en su defecto, esta pantalla de ordenador. Estas historias acumuladas durante dos años, puestas negro sobre blanco, son todo eso. Todas las personas, reflexiones, vidas y emociones que forman parte de mí. Todos los principios y finales, todas las dudas y enfados, todos los amores y desencantos, todos los cambios, baches y aprendizajes. Todos están ahí, en el papel. El juego se convierte en vicio, y el vicio en oficio, decía Elvira Lindo, y así, sin apenas darme cuenta, The Red Door cumple dos años.

Escribir pone por escrito lo que mente y corazón a veces callan. Escribir da voz a quien la necesita o merece. Es dar las gracias y pedir perdón. Es escapar de la monotonía y hacer de lo cotidiano algo extraordinario. Es llevarse lo malo y recordar lo que debe “volver a pasar por el corazón”. Es pedir ayuda, o darla incondicionalmente. Es todo lo que se quedó un día a medias o no pudo ser. Es decir lo que no dijimos en su día. Es hacer un homenaje. Es contar lo que a veces la voz no sabe contar, sin palabras que lo articulen ni sonidos que se entrelacen. Escribir, decía hace justo un año, es todo lo que sentimos o creemos sentir. Todo lo que callamos, imaginamos, deseamos o aceptamos. Es esa terapia obligatoria que todos deberíamos tener a diario, un refugio, una forma de observar la realidad pero también de crearla. Es vivir dos veces una misma vida. «Porque sabía que escribir surge de la necesidad humana, de la penuria del alma, de un hambre y un frío por dentro que sólo se calma, temporalmente, escribiendo». Y porque la vida cotidiana tiene mucho de extraordinario que contar.

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Uno de mis favoritos es este artículo de Gabriel Gª Márquez hace ya diez años. Cuenta cómo escribió Cien años de soledad y es perfecto para un día como hoy, no hay mejor resumen:

«No sé a qué horas sucedió todo; sólo sé que desde que tenía 17 años y hasta la mañana de hoy, no he hecho cosa distinta que levantarme todo los días temprano y sentarme ante un teclado para llenar una página en blanco o una pantalla de computador con la única misión de escribir una historia aún no contada por nadie que le haga más feliz la vida a un lector inexistente. En mi rutina de escribir nada ha cambiado desde entonces. […]

Esperanza Araiza, la inolvidable Pera, mecanógrafa de poetas y cineastas, me confesó años después que, cuando llevaba a su casa la última versión corregida por mí de Cien años de soledad, resbaló al bajarse del autobús con un aguacero diluvial y las cuartillas quedaron flotando en el cenegal de la calle. Las recogió empapadas y casi ilegibles con la ayuda de otros pasajeros y las secó en su casa hoja por hoja con una plancha de ropa. Y otro libro mejor sería cómo sobrevivimos Mercedes y yo con nuestros dos hijos durante ese tiempo en que no gané ni un centavo. Ni siquiera sé cómo hizo Mercedes durante esos meses para que no faltara ni un día la comida en la casa. A principios de agosto de 1966, Mercedes y yo fuimos la oficina de correos de México para enviar a Buenos Aires la versión terminada de Cien años de soledad, un paquete de 590 cuartillas escritas a máquina a doble espacio y en papel ordinario dirigidas a Francisco Porrua, director literario de la editorial Suramericana. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales y dijo: “Son 82 pesos”. Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera y se enfrentó a la realidad: “Sólo tenemos 53”. Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte. Pero antes de que consiguiéramos el dinero para enviarla, Paco Porrúa, nuestro hombre en la editorial Suramericana, ansioso de leer la primera parte, nos anticipó dinero para que pudiéramos enviarlo. Así es como volvimos a nacer en nuestra vida de hoy».

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Y tal y como prometí hace un año, espero no perder nunca la esencia de esas patatas fritas con mayonesa tan icónicas de Tarantino. Seguir hablando de lo más humano retando a la ñoñería y al artificio. Creer en la imaginación como única forma de salvarse de los monstruos. Quedarme embobada con el arte de otros. Compartir lo bueno y lo mejor, dejándome siempre sorprender.

Saber que hay alguien al otro lado y que todo esto sirve de algo, da sentido a todo y empuja mucho. Gracias siempre por las alegrías, consejos, lecturas, comentarios, guiños y empujones. A los que me cuidáis tan bien, a los que estáis, de la manera que sea, y a todos los que os asomáis por aquí aunque no lo sepa. MILLONES DE GRACIAS UN AÑO MÁS.

P.D.: y de repente… un año.

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