No se me ocurría mejor título que éste cuando hace algo más de un año leí una columna de Rosa Montero con el mismo título y empecé a darle vueltas a eso sobre lo que quería escribir. Casi siempre nos sentimos comparativamente más gordos, más feos, más flácidos y más enclenques que la mayoría de gente que nos rodea, y esa apreciación es casi siempre errónea.

«El otro día pasó por Madrid mi amiga Chus Lago, una alpinista y exploradora de élite; fue la tercera mujer del mundo (y la primera española) en subir al Everest sin oxígeno en 1999. Luego, en diciembre de 2008 y enero de 2009, se pasó dos meses cruzando la Antártida ella sola, arrastrando con sus propias fuerzas un trineo de 130 kilos y sometiéndose a temperaturas menores de 50 grados bajo cero. Chus completó la proeza y sobrevivió. En fin, con todo esto sólo quiero señalar su coraje extraordinario, su entereza, su fuerza física y sobre todo su fuerza interior. Hace falta ser alguien muy templado para lanzarse a la inmensa, inconcebible soledad helada de la Antártida, sin posibilidad de contacto humano, y no enloquecer. Guerreros que pelean contra su propia sombra».
Seguía contando Rosa Montero que, cuando su amiga pasó por Madrid, hicieron eso tan típico de irse juntas de compras. Se probaron las mismas faldas, las mismas camisetas y los mismos pantalones mientras se miraban al enorme espejo que tenían delante. Ella, Rosa, pensaba en lo mucho mejor que le quedaba todo a Chus, 15 años más joven, atlética y preciosa. Ni un gramo de grasa. Ni una piel fuera de su sitio. Ni una falda que no suba hasta donde debe. Y de repente Chus la miró desolada y le dijo: «¡Jo, todo te queda mil veces mejor a ti!».

La columna acaba así: «Esta mujer, que se ha medido a sí misma hasta la extenuación, hasta la frontera de la muerte y de la locura, esta guerrera capaz de soportar todos los retos, soportaba sin embargo mal el abismo imaginario del espejo. Y se ve que es más difícil de lograr que atravesar a solas la aterradora Antártida. Madre mía, da miedo».

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Una de las conversaciones recurrentes todo el año, y especialmente en verano, son los kilos. De más, claro. Siempre de más. Como cuando la atlética y heroica Chus se miraba en ese espejo gigante que le devolvía una percepción completamente errónea de sí misma o de ese yo ideal inexistente. Caemos con mucha facilidad en la trampa, caemos como moscas, y volvemos a caer una y otra vez. Nos miramos, no nos reconocemos, nos volvemos inseguros, nos frustramos, nos perdemos por el camino de ese abismo. De los espejos. Del patrón estético que vemos demasiadas veces a diario en cada esquina, en cada InstaStory, en cada revista, en cada videoclip, en cada telediario, ésos que nos hacen creer que se puede ser eternamente joven y tener con 60 la misma talla que con 20. Y nosotras nos lo creemos, y volvemos a caer como moscas, y volvemos a frustrarnos y a enfrentarnos al abismo del espejo.

Cuando oigo los retazos lejanos de alguna conversación que contiene las palabras kilos, bikinis, carnes flácidas, exposición pública o anhelos de otra época de sílfides, me da una pena que no sé explicar. Lo hemos interiorizado tanto que lo hemos hecho nuestro hasta el punto de no reconocernos y creernos siempre comparativamente peores que el resto. Y me acuerdo de eso que escribí: siempre sentimos que los demás sí y nosotros no, que ellos mejor y nosotros peor; así somos, ferozmente críticos con nosotros mismos, el peor jurado, el listón tan alto.

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Hace poco leí unos testimonios que me pasó una amiga para una actividad genial y superinteresante con adolescentes. En resumen, la idea es superar el «estoy gorda, soy fea, tengo 15 años y todas las chicas de mi clase están superdelgadas y son más guapas que yo; claro, los chicos se fijan en ellas, dicen que eres delgada si eres guapa» y ser capaces de convertir eso en un fantasma del pasado que no vuelva. Lleva mucho tiempo y mucho trabajo personal deshacerse de los estereotipos que nos acompañan desde pequeños (la guapa, el tonto, la guarra, el gordo) y que vamos arrastrando con los años. No es fácil, no lo es, que se lo digan a Chus, que prefiere la aterradora y gélida Antártida al reflejo de sí misma.
Pero ojalá, ojalá cada día luchemos un poquito más contra lo que no somos. Contra el abismo del espejo.

 

P.D.: si alguien se anima a leer a Chus Lago, el año pasado publicó Sobre huellas de gigantes (Aguilar).
P.D.2: otras reflexiones sobre cómo sobrevivir a la adolescencia, las etiquetas y los complejos, aquí y aquí.

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