Cuando éramos pequeños (seguimos haciéndolo) veíamos los fuegos artificiales desde la vieja casa. Sonaban a palomitas de maíz metidas en el micro y todos corríamos por el pasillo como locos para disfrutar de las vistas privilegiadas de mi ventana favorita. Eran días de luz. Eran días azules, naranjas y blancos en una proporción que aún hoy desconozco. Tres cuartos de cielo y un cuarto de mar. ¿O quizá era al revés? Nunca nos cansábamos de contar azules, de playa, de sol. Nunca teníamos tampoco suficiente, porque éramos insaciables, reincidentes, eternos. Y nada podía robarnos los días de verano.

Recuerdo que el calor era igual de sofocante de lo que lo es ahora. Pasados los ligeros meses de primavera, se hacía con toda la vieja casa, dejando apenas un par de rincones furtivos libres de su dominio, y se acumulaba en cada una de las estancias hasta reducirlas a marmitas vivas que hacían imposible la retirada de los viejos ventiladores, que pasaban sin duda por su época menos gloriosa. Vuestra abuela recorría como una jefa de campamento los pasillos con cubos de agua mientras nosotros corríamos descalzos, sudorosos y en ropa interior o bañador hasta que caíamos rendidos y la siesta nos empapaba en un nuevo sudor. Un sudor distinto pero intenso que se pegaba a las sábanas y a la almohada por mucho que le diésemos la vuelta. Y en las peores madrugadas recuerdo que abríamos el grifo de la manguera y lo usábamos sin compasión. Como los aspersores del jardín, húmedos placeres de un verano indestructible que por más que corriésemos jamás alcanzábamos.

El bosque de pinos que rodeaba la vieja casa dibujaba una línea hasta cruzarse en ángulo recto con el mar; no sé si seguirán todos ellos allí, tal y como los dejamos, o si habrán caído. Cada mañana nos despertaba el olor a pan con aceite y café recién hecho por el primero que abría el ojillo y que unos a otros preparábamos sobre la mesa de la terraza. Exprimíamos naranjas hasta que sentíamos las palmas de las manos arrugadas y naranjas para verlo desaparecer en un par de tragos largos que nos devolvían la vida y también el letargo. Las baldosas del suelo siempre estaban frescas, fuera casi siempre olía a pinos, y el horizonte era tan azul que achinábamos los ojos para intuirlo. Porque aquellos días eran días azules, naranjas y blancos. Y sus noches, alegres.

El verano era pura incertidumbre, ahora creo que eso fue lo que nos atrapó. Sabíamos que no duraba para siempre, pero no teníamos ni idea de qué día era el último. Y era emocionante no saber lo que iba a ocurrir, a quién íbamos a conocer o dónde bailaríamos la noche siguiente. Sentíamos que todo nos pertenecía pero, a la vez, no necesitábamos mucho. Sólo nos importaba cada nuevo día: saber la fuerza del viento, mantener nuestra piña unida y notar el salitre cuando empezaba a anochecer.

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Hoy vuelvo a la vieja casa y siento que aún puedo correr para escapar del tiempo. Sigo siendo insaciable, el mar no me cansa, fuera huele a pinos y los viejos ventiladores resisten a un nuevo combate. Estoy anclado. Si me atrinchero en este verano, estoy a salvo de todo, estoy a salvo de la vida real, incluso. Los días son fáciles y entregados, y las noches son breves y despreocupadas. El sol abrasador está más a mi alcance que nunca, parece que pudiese cogerlo entre los dedos… como cuando era un niño.

Parece que lo estoy tocando, parece que estoy oyendo esas voces, las de la vieja casa. ¿Las oyes? Tú siempre me decías que las ventanas que dan al mar cuentan historias y hoy, desde aquí, puedo oírlas, entremezcladas con las olas, las risas y la alegría lenta. Con nosotros. Con los recuerdos. Con un verano insaciable que sabe a otros ritmos, que sabe a otras vidas, que sabe a libertad.
Y nada más, la culpa es siempre del mar.

P.D.: vacacionismo del bueno. Con V de verbena, de venga vale, de VEN.
P.D.2: lo que no te cuentan del verano.

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