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The Red Door

A veces, la vida

mes

noviembre 2017

LOS PERFECTOS DESCONOCIDOS

Tengo una manía: me gusta escuchar conversaciones ajenas. Imaginar sus vidas, poner nombre a sus historias secretas, inventar otras realidades. Escribir en la clandestinidad. O espiar. Que, en mi caso, es lo mismo. Vivo en un séptimo piso de una casa de catorce viviendas, siete por dos. Más Luis, nuestro conserje colombiano. Quince. El ascensor se avería cada semana como un reloj suizo, fiel a su cita cada jueves, y las escaleras de casa se convierten en escenario compartido. Mi particular ático sin ascensor, en honor a Keaton y Freeman.

En el quinto derecha, era la mañana de un jueves y a las seis y dieciocho minutos sonó el primer despertador. Después de esa alarma, sonarían otras cinco más, en intervalos de cuatro minutos y ahogadas con un simple dedo desde antes de que el tercer tono comenzara a sonar. Lucas es un hombre de rituales, devoto de sus liturgias y ritos cada mañana, así que desayunó un café rápido, se afeitó, se fumó el primer cigarro del día asomado al patio y con los dedos ateridos, y cogió las llaves, cerrando sigilosamente la puerta de entrada, como si aún quedase alguien allí dentro. Se maldijo por no haberse acostado antes la noche anterior y pensó que aquella mañana el pasillo estaba Seguir leyendo “LOS PERFECTOS DESCONOCIDOS”

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A LOS CUERPAZOS

Todos los domingos por la noche, recibo un email con la newsletter de Andrea Amoretti. Hace unas semanas, el email que entró en mi móvil fue: bragas hasta la cintura. Ya sólo por el título, que me trajo una mezcla de recuerdos entre Bridget Jones y mi post de verano sobre estar frente al espejo, merecía la pena leerlo. Y fue todo un acierto porque me sacó una sonrisa, un par de carcajadas y varias reflexiones para reposar:

«No se me olvida aquel día de principios de verano comprando ropa interior nueva. Fue comprar mis primeras bragas de cintura alta y dejar de estar enfadada. Por muchas cosas. Todo uno. Ya hacía un año de aquel otro verano en el que me había propuesto tener otro cuerpo. Uno con diez kilos menos, una barriga plana y mis piernas de siempre. Pero no había pasado nada de todo eso. Seguía empeñada en decirle a mi cuerpo lo que yo quería y él insistía (pacientemente) contestándome con lo que yo necesitaba. Hasta que aquel día nos pusimos de acuerdo.
Será la aceptación o será el amor. Pero algo empezó a cambiar dentro de mí. Comencé a soltar rabia y a diluir un tipo curioso de frustración. Y dejé de estar enfadada con cosas que nada tienen que ver con ropa interior pero sí mucho conmigo misma. Así es como aprendes a querer el cuerpo que tienes. Seguir leyendo “A LOS CUERPAZOS”

BE NICE OR LEAVE

Un día, un hombre se acercó sin mediar palabra y escupió a Buda a la cara. Así empieza la parábola budista sobre cómo ignorar a quienes nos hacen daño. Cuenta la historia que sus discípulos se enfadaron mucho y, uno de ellos, Ananda, se acercó a Buda y le pidió:
—¿Puedo darle su merecido a ese hombre?
Buda le miró con serenidad, se limpió la cara y dijo:
—No, yo hablaré yo con él.
Y uniendo las manos en señal de reverencia, se dirigió al hombre que le había escupido:
—Vaya, gracias. Ahora ya sabemos que no siento ira dentro de mí. Me ha abandonado. En cambio, mis discípulos sí, a ellos todavía puede invadirles la ira.
El hombre, claro, no entendía lo que estaba sucediendo y se quedó triste y conmocionado: había ido a provocar la ira de Buda y, en cambio, había fracasado. Esa noche no consiguió dormir, dando vueltas en la cama, sin dar crédito a lo sucedido. Al día siguiente, acudió de nuevo a ver a Buda y, postrándose a sus pies, le pidió perdón desconsolado.
—No puedo perdonarte, no estoy enfadado contigo. Ya ha pasado un día y te aseguro que no hay nada que deba perdonarte. Si necesitas un perdón, ve con Ananda, échate a sus pies y pídele que te perdone. Él lo disfrutará.

A veces, viene bien recordar esta historia y su moraleja para no dejarnos envenenar, para no gastar una energía tan, tan necesaria para otras cosas buenísimas, o para decidir qué (y a quién) queremos o no en nuestra vida. Que sólo tenemos una. Seguir leyendo “BE NICE OR LEAVE”

TRABAJAR ERA ESTO

Desde hace un tiempo, tengo la sensación (apocalíptica) de que a nuestra generación nos come el trabajo. Quedamos a cenar con amigos y nos quejamos (entre agotados y resignados) de que vivimos en una carrera de fondo continua, de que echamos mil horas en el trabajo sin saber si merece la pena o si dejamos escapar la felicidad por esas pequeñas grietas, de que toca trabajar ese fin de semana o perder ese viaje de puente. Que-no-nos-da-la-vida. Y nos lo contamos unos a otros para aliviar la carga, compartir entre cañas y decirnos “calma, nena, que nada es tan importante”, a lo LucíaBe.

Oía el otro día en una conferencia sobre jóvenes talentos eso tan repetido últimamente de que los millennials somos esa generación con nuevas motivaciones laborales e ideas revolucionarias para cambiar el modelo poco a poco pero sin ganas de formar parte de grandes empresas líderes de nuestro sector, sino más bien de emprender, encontrar la motivación o crear un impacto positivo en la sociedad. Mover (y cambiar) el mundo. Pero también tengo a veces la sensación de que somos esa generación heredera de la crisis Seguir leyendo “TRABAJAR ERA ESTO”

LO QUE APRENDÍ EN IKEA

Cuando era pequeña, ir a IKEA era casi como ir al cine y comer palomitas. O como cenar del Burger, o merendar Nocilla, o acostarse tarde esperando a los Reyes. Pasaba una vez cada muchííísimo y yo tan feliz. Ahora también voy más feliz que una perdiz y me vuelvo loca, pero reconozco que IKEA es un mal necesario (te copio). Y hoy voy a contar lo que aprendí allí.

Por lo visto, nuestras casas son una proyección de nosotros mismos. De nuestra vida. Es decir, que entiendo que esas casas frías y modernas que a veces veo, mortalmente aburridas, huecas e impolutas hasta el extremo de la monotonía más rancia, reflejan más de lo que pensábamos de sus inquilinos… que supongo que serán tan soporíferos como sus chozas, ¿no? Jaja. El club de la lucha tiene una escena genial, de esas inolvidables del cine, a lo Tarantino, en la que Edward Norton, sentado en el váter leyendo un catálogo de IKEA, dice de sí mismo: «Como tantos otros, me había convertido en un esclavo del instinto IKEA para acomodarse en casa. ¿Qué clase de vajilla definiría exactamente mi personalidad? Tenía de todo». Seguir leyendo “LO QUE APRENDÍ EN IKEA”

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