Desde hace un tiempo, tengo la sensación (apocalíptica) de que a nuestra generación nos come el trabajo. Quedamos a cenar con amigos y nos quejamos (entre agotados y resignados) de que vivimos en una carrera de fondo continua, de que echamos mil horas en el trabajo sin saber si merece la pena o si dejamos escapar la felicidad por esas pequeñas grietas, de que toca trabajar ese fin de semana o perder ese viaje de puente. Que-no-nos-da-la-vida. Y nos lo contamos unos a otros para aliviar la carga, compartir entre cañas y decirnos “calma, nena, que nada es tan importante”, a lo LucíaBe.

Oía el otro día en una conferencia sobre jóvenes talentos eso tan repetido últimamente de que los millennials somos esa generación con nuevas motivaciones laborales e ideas revolucionarias para cambiar el modelo poco a poco pero sin ganas de formar parte de grandes empresas líderes de nuestro sector, sino más bien de emprender, encontrar la motivación o crear un impacto positivo en la sociedad. Mover (y cambiar) el mundo. Pero también tengo a veces la sensación de que somos esa generación heredera de la crisis que no puede decir que no a sueldos innombrables, condiciones a quemarropa y horas extra sin medida por eso, porque es trabajo. Y a muchos les falta. Y, aunque seamos unos suertudos, digo yo, ¿dónde está el límite? Donde lo pongas tú.

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Jack Lemmon en mi película favorita, El Apartamento (1960).

Antiguamente, la gente lo que se buscaba la vida. La mayoría trabajaban con familiares o amigos, en el pueblo de al lado o en su propia huerta. Ahora, el trabajo es más del 50% de nuestro día a día, y lo que nos buscamos ya no es la vida, sino un trabajo para vivir. Buscamos que nos acepten en una empresa, buscamos trabajar para alguien, buscamos un sueldo. Pero los sueldos cada día son más bajos, los alquileres más locos y los ricos cada día lo son un poco más. ¿No les parece?

Marina Keegan, sobre la que escribí hace un tiempo, tenía sólo 22 años cuando murió y es un gustazo leerla. De las cosas que más me llamaron la atención era su idea constante de que los seres humanos perseguimos lo contrario a la soledad, como un instinto primario de supervivencia y de asociación que nos enseña desde pequeños a formar parte de tribus, a ser parte de algo, a sentirnos identificados en un grupo. Un equipo de fútbol, un club, una piña, un trabajo, un bando. Sentimos que somos del clan, que jugamos fuera de casa pero juntos, que votamos igual, que cantamos y celebramos unidos aunque seamos completos desconocidos, que nos une una red invisible que se teje a nuestro alrededor y que, de alguna manera, sin saber bien cómo o por qué, nos hacer sentir protegidos y dar sentido. Porque somos parte de algo.

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Recuerdo todavía muchos de los consejos que me dieron en ese momento tan decisivo cuando uno deja la universidad hecho un mar de dudas para empezar a buscar trabajo (o seguir estudiando). Tanto de conocidos como de gente desconocida que se cruzó en un momento dado y ayudó mucho sin saberlo. Porque, al final, uno aprende que no hay decisiones equivocadas.
El otro día vi un vídeo que decía algo así como “¿Qué le dirías a tu yo de hace diez años?” y me acordé de todo esto. Y de cómo el trabajo nos come de esa manera apocalíptica que contaba arriba. Quizá el mejor consejo sería que no es para tanto. Respira. Hazlo lo mejor que sepas y pon todos tus sentidos, tu concentración, tu actitud y tus mil ojos. No sabrás hacerlo el primer día, ni el quinto, pero si quieres, aprenderás más de lo que creías, porque los cambios son para eso, para espabilarnos, aprender y curtirnos. Y cuando salgas por esa puerta, piensa que nada es tan importante. Nada. Y no compitas con el resto ni te dejes llevar por “la masa”: no serás mejor, sólo te sentirás peor y serás un “dementor” de tu propia engería. Porque, al fin y al cabo, sólo tú sabes si estás dando lo mejor de ti.

La sabiduría colectiva (y compartida) es uno de los grandes inventos que tenemos. Y si sabemos aprovechar los consejos de otros, con la cabeza abierta y los oídos también, a veces, descubrimos puertas muy necesarias y muy decisivas. Trabajar era esto.

P.D.: Las facturas y tu vocación.
P.D.2: ¿Por qué nos llaman la generación sin ganas?
P.D.3: Esa sensación de… ¡corre, plátano! Y esa otra de… hoy mejor musarañas.