A veces me sorprendo a mí misma haciendo conexiones curiosas. Imagino que es algo que nos pasa a todos, claro. Voy andando por la calle, veo un calvo y me acuerdo de que tengo pendiente llamar a alguien (no a un calvo); oigo una canción en la radio y me recuerda que tengo que comprar papel higiénico, no queda. Esas extrañas asociaciones que hace el cerebro, enhebrando recuerdos sin nuestro permiso, tienen su lógica dentro de la locura.

Cuando en su día leí partes del libro Open, biografía del tenista André Agassi escrita por el premio Pulitzer M.H. Moehringer, me vinieron tantas ideas a la vez a la cabeza que escribí el borrador de lo que luego sería uno de los primeros posts de este blog, aunque poco se parecía al borrador, y nada al libro: las facturas y la vocación. Recibí comentarios y visitas, se abrió un buen debate y el tema me siguió dando mucho que pensar y que rumiar. Este fin de semana, en el torneo de Miami, no llegaban a la final ni Nadal (lesionado) ni Federer y, aunque ganó Isner, recuerdo más los titulares de siete días antes: “Roger Federer, de nuevo a sorbos” o “Federer cede en la primera ronda de Miami y Nadal recupera el número 1”.  Ese Federer imbatible más allá de los cuarenta, renacido de sus cenizas como dicen los poetas de ahora hasta trillarlo, o convertido en nuestro Buzz Lightyear como leía en una columna de Javier Aznar hace ya un par de meses [muy recomendable si no la habéis leído, una maravilla], perdía contra todo pronóstico en el primer partido del Masters 1000 de Miami. Hasta el infinito y más allá. Nada de los habituales titulares homéricos, nada de épica, y en ese momento, alguna parte de mi cerebro retrocedió a hace unos años y se acordó de Agassi y sus memorias. Y de todo eso que los demás esperan de nosotros o las expectativas que nos vomitan como diciendo “toma, esto es tuyo porque lo digo yo”. En algún punto impreciso de la historia, nos hemos creído que Superman existe, que somos invencibles y que está mejor visto socialmente poder con todo. Porque lo contrario es ser un blandito o estar muy fuera, y nada de eso te lleva por el camino de la gloria.

deporte_2_unsplash
«Tengo la sensación de que el brazo se me va a soltar del cuerpo y se me va a caer al suelo en cualquier momento. Lo odio, pero me gusta la sensación de devolver una pelota perfecta. Es la única paz que encuentro. Cuando algo me sale perfecto, disfruto de una fracción de segundo de cordura y sosiego», Open, Agassi.

Las expectativas son tan traicioneras como lo son las mieles del éxito, los goles de Champions o los doritos: nunca tienen suficiente. Se nos agotan los adjetivos y se nos llena la boca sobre lo que esperamos de nosotros mismos, lo que el resto esperan de nosotros, lo que nosotros esperamos de los demás. ¿Qué somos, más insaciables que Bruce en Matilda? (“¡¡Traga, traga, traga!!”). Uno nunca sabe a ciencia cierta si es mejor que esperen poco de él (será… [inserte insulto], si yo podría con, si yo valgo para) o que esperen demasiado (¡milagros a Lourdes!). En realidad, creo que podemos pasarnos la vida entera esperando a que algo cambie, sin darnos cuenta de disfrutar de la butaca de primera fila que nos ha tocado.

¿Qué se esperaba de Agassi, o qué esperaba él de sí mismo? Familia, público, fans, entrenador, medios. ¿Qué esperábamos nosotros de Nadal y de Federer en Miami, en Roland Garros o en Wimbledon? ¿Qué sean dioses invencibles, que nos hagan disfrutar, ni lo uno ni lo otro? André Agassi, en su día número 1 mundial de la ATP, se retiró de la pista en 2006 y publicó sus memorias tres años más tarde: el tenista que odiaba el tenis. ¡Bum! A la altura del rey republicano y el bombero pirómano. Se sentía vacío siendo el number one. Peor: se sentía como un soldado que va a la guerra, desmoralizado pero llamado a la noble causa de defender la patria y enarbolar la bandera nacional, cubierto de cicatrices pero también de trofeos, resistiendo en el frente sin entrever ni tan siquiera la ansiada retirada.

Cuando era pequeño, su padre, un boxeador iraní ya retirado, colocó un móvil hecho de pelotas de tenis sobre la cuna y pintó el muro de la casa de verde. Verde tenis. Así, a todo el que iba a visitarles les decía: “gira a la izquierda, sigue media calle y verás el muro verde”. Construyó una pista enorme en el jardín trasero (eligió esa casa justamente por eso, había espacio suficiente para una) y desde que tuvo 4 años le hizo practicar con grandes del tenis de paso por la ciudad. Sería tenista, quisiera o no. De él se esperaba que devolviese todas las pelotas desde ángulos imposibles, que fuese más rápido, que no fallase, que la prensa y sus competidores y todo el público lo elevásemos a la categoría de invencible. Y así fue como Agassi, hueco e infeliz pero por tantos admirado y envidiado, cayó en el abismo de lo que quería hacer y lo que en realidad hacía.

wine_by unsplash

El tenis es estadística, geometría, desafío constante a las leyes de la física y al cuerpo humano. Es belleza hipnótica. Uno reflexiona y aprende que Nadal nos conquista por su esfuerzo, por no ser Superman aunque muchas veces lo parezca, por su ritual de tics casi místico y su concentración de monje budista, y, sobre todo, por reinterpretar el significado del éxito. Como tantos otros. Porque conviene recordar que, persiguiendo la perfección, como quien persigue «una perdiz por los montes», se busca la quimera que no existe pero quema: «Habrá unas cinco veces al año en que te despiertas perfecto, en que no puedes perder contra nadie. Pero no son esas cinco veces al año las que te hacen jugador de tenis. Ni ser humano, ya puestos. Son las otras veces». Y yo añado: esas otras veces en las que eres real e imperfecto pero capaz. Esas veces, dice el artículo de antes, en que Federer comprendió que «no podía volar pero sí caer con estilo», como Buzz, y ahí todo cambió cuando parecía que no había más que rascar.

Me recuerda su historia, en cierto modo, a la de Sheryl Sandberg, que contaba un día aquí que la sensación brutal (e inesperada) que sintió de vacío en el peor momento de su vida le enseñó a coger impulso, a salir de nuevo a la superficie y a volver a respirar. Porque necesitamos realmente muy poco para sentirnos bien y ser nosotros mismos, sólo hay que buscarlo y luchar.
Elige tu vida, elige el camino de la alegría y del sentido.
Vamos, estamos volando.

P.D.: correr es algo así como decirle al cerebro que le diga a las piernas que corran. Y que sigan corriendo.
P.D.2: superación y otras cosas no del montón.

Anuncios