«Si tratas a un individuo como es, seguirá siendo lo que es. Pero si lo tratas como si fuera lo que podría ser, se convertirá en lo que puede y ha de ser», Johann Wolfgang von Goethe.

Cuando era pequeña, dibujar no era mi fuerte. Tampoco lo era la orientación ni eso otro que los psicólogos y profesores llamaban “concepción espacial”. Con-cep-ción-es-pa-cial. Aún hoy cuando lo nombro me suena a chino y, lo que es peor, se me remueve algo por dentro que no sé si es indiferencia o desazón, como cuando un olor antiguo activa algo en nuestro cerebro y lo transporta a esa sensación del pasado como si estuviese sucediendo ahora mismo. No suspendía porque recuerdo a mi padre llevándome con seis años al baño, lápiz y papel en mano, y plantándome delante del espejo con toda la paciencia que era capaz de atesorar. Yo levantaba el papel en el aire y él me decía: «¿Ves esa figura reflejada? Si buscas la línea imaginaria que la divide en dos encontrarás la simetría». Así pasábamos las horas, entre cenefas y papeles doblados por la mitad en el espejo de un baño que hace mucho que ya no está pero que aún recuerdo. Parecía un tablero de ajedrez, todo blanco y negro, muy atrevido para los noventa. Y recuerdo ese espejo, más grande que cualquier pizarra del colegio.

Una vez al año, el psicólogo del colegio nos hacía unos tests de inteligencia y personalidad, tan de moda por entonces. Por supuesto, una de las pruebas era sobre esa capacidad de rotar objetos en la mente, imaginarios o reales, para visualizarlos desde distintos ángulos y continuar la secuencia. La inteligencia espacial. Ésa tan útil para aparcar el coche en un momentín, orientarse en cualquier ciudad, o entender planos y mapas y ascensores que se cruzan (ésa es otra historia), y que yo nunca tuve. El caso es que recuerdo a mis amigas mirándome desde los pupitres de su fila, entre partidas de la risa y desconcertadas, porque siempre acababa la primera y entregaba mi test sonriente, incluso victoriosa. Como con los de cálculo, pero esos me salían bien de verdad. Entregaba y de vuelta a mi mesa me decía “esta vez sí, bien hecho”, con la frente ligeramente alta y dándome unas palmaditas invisibles, como si lo hubiese clavado, como si no lo hubiese rellenado al tuntún y sin pensar demasiado. Semanas más tarde, llegaban los resultados y siempre me mantenía estable, fiel año tras año: 1%. U-no-por-cien-to.

Unos años después, el colegio nos llevó al Museo Arqueológico de Madrid. Mi  memoria es teatrera así que recuerdo a mis amigas de la clase de biología partidas de risa por el suelo cuando les enseñé la rana que había dibujado. Literal, estaban tronchadas y las recuerdo por el suelo. Yo creía que era un dibujo digno y meritorio, la verdad. Era verde, con sus patitas de rana, sus ojos saltones de rana, y su piel resbaladiza de rana. A tamaño real, incluso. Como si la hubiesen aplastado contra el folio. Pero debía ser una chusta peor que el cuadro de Phoebe en Friends, esa inolvidable Gladys. Para ser sincera, a mí poco me importaba; tengo la convicción de que el sentido del humor es más sinónimo de inteligencia que todo lo anterior.

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«El gran descubrimiento de mi generación es que los seres humanos pueden cambiar sus vidas al cambiar sus actitudes mentales», William James.

Después de todo esto y las que siguieron, entendí que había parcelas que no es que no fueran lo mío, pero sí menos mío, a pesar de mis esfuerzos, y que todos somos buenos en A pero reguleros en B, y siempre capaces. Algo tan antiguo como la parábola de los talentos: los desarrollas y de aquello que siembras, recoges, cada uno en su medida. Porque nadie nace sabiendo: la inteligencia se entrena, no viene de serie. Estoy segura. Y todo es, al fin y al cabo, suma de genética + educación. No sabremos lo que podemos llegar a ser hasta que no sepamos lo que somos capaces de hacer. Si hubiese hecho caso a esa profesora de la carrera que me dijo que mejor no interpretase y me especializase sólo en traducción, jamás habría entrado en una cabina, disfrutado de la adrenalina y descubierto que se me daba bien y me encantaba. Los que desafinan aprenden a cantar, los que se caen esquiando aprenden a bajar pistas, y los que no saben ni dividir la cuenta de las cañas entre cinco… ésos tiran de calculadora y móvil.

En casa me enseñaron a intentar entenderlo, aunque yo sentía que algo en mis neuronas cortocircuitaba, y me frustraba, y volvía a fallar. Potenciaron mis puntos fuertes y me ayudaron delante de ese espejo en los más flojos, pero jamás me dijeron que no podría. Le echaron horas, y luego se las eché yo. Sigo sin entender, cada vez que entro a ese portal, qué narices hacen los ascensores, las paredes y los espacios que en mi cabeza son tan distintos de la realidad, y sigo dedicándole un esfuerzo extra a los mapas. A falta de orientación, me aprendo las ciudades, sigo el río o tiro de memoria visual. Si no sé dibujar, escribo. Y si tardo más en aparcar, recuerdo los trucos de mi amigo simpático y pongo buena música.
Ya lo dijo mi madre: si eres chupito, no pretendas llenar una piscina; y si eres piscina olímpica, no te quedes en chupito. Chimpún.

 

P.D.: sobre las facturas y la vocación y sobre la superación y otras cosas no del montón.
P.D.2: trabajar era esto.
P.D.3: lo que creemos y esperamos de nosotros y de los demás «condiciona de tal manera la conducta que tiende a confirmarlo». Es la psicología de la motivación, son las profecías autocumplidas. Es el efecto superhéroe.