Su única condición desde el principio fue que tuviera una. No le importaba nada más. Para qué, si el resto era prescindible. Selva. Desde que se mudó de ciudad (y de vida), sin imaginar todo lo que le esperaba ni esperar todo lo que se imaginaba, ésa había sido su única preocupación. ¿Obsesión, quizá? Que tuviera más o menos luz, una habitación o tres, quinto sin ascensor o ático sin ventilación daba igual. El primer día de mudanza, una mañana de noviembre, soplaba viento sureste, produciendo a su paso un sonido metálico, casi monstruoso, que arrasaba con todo excepto con ella: la piscina vacía.

Se sentía con ánimo, ánimo de recién llegado. Aunque quedasen más de doscientos treinta días para poder usarla. Él, que vivía un conflicto permanente entre nostalgia y olvido, contaba los días para estrenarla, tachando del calendario con la misma emoción que el reo. De pequeño había aprendido a nadar con cierta soltura. Mariposa. Espalda. Crol. Braza. Respirar bajo el agua. Respirar cada tres brazadas. Lanzarse de cabeza, en bomba, hacer el muerto. Y desde entonces, buscaba el agua en su vida allá donde iba y en cualquiera de sus formas. Barreños, bañeras, playas y jacuzzis. Seguir leyendo “PISCINAS VACÍAS”

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