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The Red Door

A veces, la vida

mes

octubre 2018

ESA TARDE LLOVÍA

-Y entonces, ¿qué echarás de menos?
-Todo lo que no estaba de más, lo que di por sentado, sin querer.
-O ni tan siquiera…

Esa tarde llovía. Llovía desde varios días antes y con la intensidad propia del momento. Nos metimos en una esquina por la que nunca antes habíamos pasado e intentamos refugiarnos en un portalón. Recuerdo que nos encorvamos un poco y estiramos de la capucha como si fuese elástica en nuestra cabeza, dos gestos tan comunes, mecánicos y simples que en aquel momento, en cambio, me parecieron únicos. Es verdad eso que dicen de que uno nunca sabe cuándo será la última vez que haga algo. Y esa tarde, efectivamente, no lo sabíamos. No imaginábamos que ciertos pasos, ciertos gestos, ciertas rutinas, ya no volverían a acompañarnos. Es curioso cómo nos aferramos a los rituales, como si ellos pudiesen ordenar el caos y contener lo imprevisible.

Recuerdo también que a nuestro alrededor no había más que un aparcamiento y un edificio que, a simple vista, parecía de todo menos habitado. Un par de pájaros se resguardaban en el alféizar de una ventana central, como nosotros, pero sin capucha ni chepa patrocinada por el frío húmedo. Cómo se protege uno de eso. Recuerdo Seguir leyendo “ESA TARDE LLOVÍA”

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DEJEN SALIR ANTES DE ENTRAR

Dice Milena Busquets que eso de estar harto es muy infantil. Se ha vuelto tan recurrente, que ahora los adultos decimos estar hartos de todo, como si nos fuera la vida en ello: los ciudadanos hartos de los políticos, ellos hartos de nosotros, los conductores hartos de las bicis, los peatones hartos de las cacas de perro, los tertulianos y columnistas hartos del precio de la luz, de la falta de transparencia y de la vida. Así, en general. Qué momento. Dice, y con toda la razón, que antes sólo estaba harta su madre (su madre y todas las nuestras) cuando, al entrar a la habitación de su hija adolescente, estaba todo manga por hombro (muy de madre) y era imposible limpiar esa leonera.
Pero ahora no.
Ahora estamos hartos y lo pregonamos a quien quiera oírlo, y a quien no también. En las redes y en la calle nos volvemos quejicas, hipócritas, irrespetuosos. Dónde están el buen rollo, la educación, la libertad de cada cual, el respeto. Últimamente siento que creemos que simplemente por Seguir leyendo “DEJEN SALIR ANTES DE ENTRAR”

TAN JOVEN COMO HOY

Ya lo decía Rosa Montero en su novela de hace un par de años, La carne, que empieza precisamente así: «La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir. Y el momento justo de la acción es tan confuso, tan resbaladizo y tan efímero que lo desperdicias mirando con aturdimiento alrededor». Queda poco que añadir; es una de las mejores definiciones de nostalgia que he encontrado últimamente.
Sabina, Proust, Freud o Benedetti, todos han hablado de ella, de la nostalgia. De que es mala, de que es buena, de que es romántica, de que necesaria, de que sólo nos lastra. ¿Quién no echa de menos, quién no tiene una fecha que olvidar? O una que recordar.

Últimamente, cuando quedo con Seguir leyendo “TAN JOVEN COMO HOY”

TODO ESO EN LO QUE QUISE PERDER EL TIEMPO

Conozco a un pellizco de gente que aguanta estoica y serenamente todo tipo de colas, retrasos y prórrogas. Atascos incluso. Mientras los demás sentimos que tiramos al desguace lingotes de oro en concepto de tiempo, como flores marchitas abandonadas en cualquier esquina y que podrían haberlo evitado, hay quienes están dotados de una paciencia infinita y parecen tener un karma inalterable. No sabría decir si me cuento entre esa gente, más bien no; supongo que depende del efecto coctelera que mezcla qué día sea, los niveles de paciencia en ese momento y el tiempo efectivo de espera. Y es que, de todos los placeres de la historia de la humanidad, el de perder el tiempo (provechosamente) parece que se nos olvidó.

Contaba aquí hace ya tres años que los niños ahora tienen agenda de ministro y están sobreestimulados, como nosotros. Que nos perdemos al asesino por pintarnos el meñique y mantenemos conversaciones virtuales con Chicago, Roma o dos calles más allá en vez de con los amigos sentados a la mesa. Necesitamos más musarañas.

Hace unas semanas, hablando de trabajo, decía alguien que todo lo urgente que le llega, Seguir leyendo “TODO ESO EN LO QUE QUISE PERDER EL TIEMPO”

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