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The Red Door

A veces, la vida

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Quesito AMARILLO (lo bonito)

LEER A QUEMARROPA

«Con libertad, libros, flores y la luna, ¿quién no podría ser feliz?», Oscar Wilde.

El lunes fue el día del libro. Las calles, especialmente las de Barcelona, se llenaron de libros, de letras, de historias. Desde luego, hay lunes y lunes, y quien tuviese la suerte de pasearse por las Ramblas o de leer un libro al sol o de pedir una firma en la primera página en blanco, seguro que sintió que era cualquier otro día de la semana menos ése. A mí me dieron tanta envidia que me puse a escribir en cuanto pude.

En la librería de Borges, dicen algunos, no entraba un libro sin que saliese otro, y eso siempre me recordó a los japoneses, que en el siglo XIX hablaban de “tsundoku” para designar la práctica de comprar libros y apilarlos uno encima de otro. Miller escribía en los cafés, donde Voltaire se bebía más de 70 tazas, Proust en ningún sitio mejor que en su cama (con leche y croissants), y Flaubert fumando como si no hubiera un mañana. Virginia Wolf de día y Balzac de noche. Coetzee para burlar a la muerte y romper el mar congelado de su interior, y Gabriel García Márquez se levantaba temprano cada mañana para hacerle más feliz la vida a un lector aún inexistente. Amélie Nothomb, para soportar la vida, Delphine De Vigan, para reencontrarse. Y Aramburu, mi favorito sin duda de este año y del anterior, porque escribir nos abre una puerta a otras almas gemelas.
También los libros le dieron a Matilda un reconfortante y esperanzador mensaje: no estaba sola. Me encanta cómo Sabina es capaz de hablar de lo más humano retando a la ñoñería a base de amores trasnochados, barras de bar y portazos que siempre huelen a algo más. Que JK Rowling crea en la imaginación como única forma de salvarse de los monstruos. Que Marina Keegan, con sólo 22 años, hablara de su primer coche para evocar la nostalgia de la juventud y pareciese magia. Seguir leyendo “LEER A QUEMARROPA”

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QUÉ APRENDÍ DEL 2017

Ya estoy de vuelta, aunque no siento la espera. Esta vida la vivimos rodeados (o cargados) de deberes, obligaciones y compromisos que nos lastran un poquito cada día. Y otro poquito más. Nuestras rutinas, que a veces disfrutamos y otras, en cambio, nos lastran. Nuestros juramentos, nuestras promesas, nuestras decisiones, nuestras rigideces. Las prisas. Los compromisos. Los tiempos. Y entonces te paras, miras a tu alrededor y piensas eso de “recuerda quién eres, recuerda qué te trajo hasta aquí”.

Leí el otro día, ahora que se acaba un nuevo año, un nuevo ciclo, algo que me gustó en medio de todo eso tan típico que se dice por estas fechas, mil y una listas de propósitos y once miradas y media atrás como si con las campanadas se acabase el planeta y tuviéramos que reinventarnos a golpe de calendario. Caiga quien caiga. Lo que leí y me gustó por diferente fue que cuantas más cosas intentemos y hagamos por primera vez, menos rápido volará el tiempo. Esa sensación de todos de que el año ha pasado muy rápido o que el tiempo parece que se acelera nos la dan los días rutinarios, unos iguales a los otros, a falta de esa chispa que tiene lo desconocido, lo distinto y lo ignorado. Así que, este 2018, más primeras veces. Seguir leyendo “QUÉ APRENDÍ DEL 2017”

SOBRE ESTOS DOS AÑOS

Un paquete de folios en blanco y un bolígrafo, así se resume todo. No hace falta mucho más. O, en su defecto, esta pantalla de ordenador. Estas historias acumuladas durante dos años, puestas negro sobre blanco, son todo eso. Todas las personas, reflexiones, vidas y emociones que forman parte de mí. Todos los principios y finales, todas las dudas y enfados, todos los amores y desencantos, todos los cambios, baches y aprendizajes. Todos están ahí, en el papel. El juego se convierte en vicio, y el vicio en oficio, decía Elvira Lindo, y así, sin apenas darme cuenta, The Red Door cumple dos años.

Escribir pone por escrito lo que mente y corazón a veces callan. Escribir da voz a quien la necesita o merece. Es dar las gracias y pedir perdón. Es escapar de la monotonía y hacer de lo cotidiano algo extraordinario. Es llevarse lo malo y recordar lo que debe “volver a pasar por el corazón”. Es pedir ayuda, o darla incondicionalmente. Es todo lo que se quedó un día a medias o no pudo ser. Es decir lo que no dijimos en su día. Es hacer Seguir leyendo “SOBRE ESTOS DOS AÑOS”

EL ARTE DE TERESA J. CUEVAS

Siempre digo que me gusta mucho la gente capaz de decir mucho con poco, esos que no necesitan lo mejor ni lo más caro del mundo para hacer verdaderas maravillas con cualquier brocha deshilachada o transmitir como nadie con la música. Esa gente, decía, que emociona, conecta y recoge lo bonito en dos sílabas, un acorde y una mancha descolorida, o que da un nuevo sentido a lo que parecía feo, roto o cotidiano sin perder su esencia (como mis patatas fritas con mayonesa jaja). Si hay algo que me encanta es buscarle las cosquillas y el lado bueno a la cara B.

Cuando hablaba de esa gente que toca música y hace fotos geniales en los descampados más feos o de esa otra que encuentra algo que el resto no vemos en edificios abandonados o en letras callejeras, decía que el ser humano tiende a buscar cosas bonitas, orden, simetría y alegrarse la vista cuando sus necesidades básicas de hombre de las cavernas están ya cubiertas. Y ahí entra el arte. Seguir leyendo “EL ARTE DE TERESA J. CUEVAS”

EL LADO BUENO DE LAS COSAS

Cuando oigo hablar de esquelas, en vez de recorrerme una sensación oscura y que se me suban las tripas a la garganta, siempre me acuerdo de la escena final de Serendipity, cuando Jonathan Trager pasea con su amigo Dean Kansky, que le dedica la siguiente necrológica por Central Park y a golpe de Northern Sky:

«Jonathan Trager, prominente productor ejecutivo de ESPN, murió anoche a causa de las complicaciones surgidas al perder a su alma gemela y a su prometida. Tenía 35 años. De voz suave y obsesivo, Trager nunca tuvo el aspecto de un romántico, pero durante los últimos días de su vida desveló una parte desconocida de su mente, esa persona oculta casi junguiana emergió durante la búsqueda en plan Agatha Christie de su ansiada alma gemela, una mujer con la que sólo pasó unas pocas horas preciosas.
Tristemente, la investigación búsqueda terminó en la noche del sábado en un completo y absoluto fracaso. Pero a pesar de la amarga derrota, el valiente Trager seguía aferrado a la creencia de que la vida no es meramente una serie de accidentes o coincidencias sin sentido, sino más bien un tapiz de acontecimientos que culminan con un plan exquisito y sublime.
Cuando le preguntaron sobre la pérdida de su amigo, Dean Kansky, ganador de un Premio Pulitzer y director ejecutivo del New York Times, describió a Jonathan como un hombre nuevo en los últimos días de su vida. Veía las cosas más claras, observó Kansky.
Al final, Jonathan concluyó que para poder vivir en armonía con el universo, todos debemos poseer una poderosa fe en lo que los antiguos llamaban fatum, lo que comúnmente calificamos como destino». Seguir leyendo “EL LADO BUENO DE LAS COSAS”

LA MAGIA DE LO ABANDONADO

A veces el paso del tiempo nos vuelve un poco locos y nos ponemos terriblemente nostálgicos. Los recuerdos, de repente, vuelven como una musiquilla lejana pero constante y caen pesados sobre nosotros, ya sea porque la lluvia nos pone más bobos, o por estar fuera de casa y echar todo de menos, o por pasar por una etapa de cambios de 180 grados… No sé qué será pero a veces pasa.
Vuelven los 90, Radiohead y lo retro. Vuelve la belle époque. El neoliberalismo.

Decía Allen en su Medianoche en París que eso de «cualquier tiempo pasado fue mejor» sólo intenta hacer la vista gorda con nuestros fantasmas, que se las apañan siempre para volver y hacernos cosquillas cuando menos lo esperamos.
Y es que, con el tiempo, cuando los recuerdos vuelven, nos infunde de pronto un espíritu más benévolo, casi idealizado, que lo cubre todo y nos emborrona la realidad.

Los lugares, las personas y los momentos que dejamos atrás son todo un equipaje emocional que hay que saber llevar. Bien usada, estoy segura de que la nostalgia puede servirnos para crecer, para situarnos, para conocernos, incluso para ser más ligeros y desprendidos… algo así como si el tiempo se nos colase por dentro Seguir leyendo “LA MAGIA DE LO ABANDONADO”

ESTE AÑO APRENDÍ

Este año aprendí cosas de las que seguramente no me acordaré, pero que me acompañarán unos años, invisibles a mi lado, enseñándome otras nuevas. Algunas no las olvido, las veo como si estuvieran aquí mismito, y otras las intuyo o las veré cuando toque. Hay otras que, en cambio, se nos escapan sin querer, tan cerca de nosotros que no lo vemos, «como los peces con el agua que los contiene…».

Este año aprendí palabritas en euskera, prometí refrescar mi alemán y soy un poco menos paquete juagando al pádel (¿no?). Aprendí nuevas recetas para chuparse los dedos y aprendí, una vez más, que no hay nada como la constancia. Aprendí de mí, claro, y aprendí de lo que me fui encontrando, supongo que no por casualidad.

Este año aprendí que hay querer, si no, no sirve de nada. Aprendí que no hay nada como Seguir leyendo “ESTE AÑO APRENDÍ”

EY… ¡¡¡GRACIAS!!!

Como el año pasado, este año sólo me apetecía pararme, mirar las luces de aquí al lado, hacer balance y, de alguna manera, decir gracias a todas las personas que han hecho mi 2016 mejor, más sonriente, más lleno, más grande. Tan grande como el 66513, ése es mi premio gordo.

Leí un día que «ser propietario de tanto cariño es toda una responsabilidad». Y 2016 ha estado cargadito de eso a grandes dosis, con personas especiales, abrazos fuertes, sonrisas bonitas, manos a tiempo, viajes inolvidables, cambios que espabilan, momentazos. Regalazos todos. ¡Allá vamos!

Gracias a ti por tus visitas, lecturas, difusiones varias, comentarios, debates. Gracias por tus emails, por las historias, por los puntos que de repente conectan. Gracias a ti, que cada jueves me esperas o me lees con unas ganas que para mí sólo son sinónimo de subidón total. Y gracias a ti por tu libro y a ti por tu arte.
Gracias también al desconocido de mi esquina que Seguir leyendo “EY… ¡¡¡GRACIAS!!!”

QUE NO MUERAN NUNCA LOS CANTANTES

Los recuerdos son siempre poderosos. No sé si a veces de más… cuando toca crearlos de nuevo o cuando los querríamos más reales. Pero poderosos en cualquier caso. Hay un olor que nos recuerda a la salida del cole cada tarde o que nos lleva de vuelta a casa siempre, no importa dónde ni cómo. Hay una colonia que nos recuerda a la abuela, una calle que nos trae un beso, una ciudad con nombre y apellidos…
Y una canción que despierta siempre, siempre ese algo dentro de nosotros.

Canciones en bucle que revuelven y escuecen, melodías sólo aptas para finales felices, un banjo lejano y especial que despierta sensaciones que no se escriben, o unos acordes desperdigados que se cuelan como un hormigueo por todo el cuerpo y contagian desde los pies hasta los hombros, descontrolados y sobre todo imparables. Música para improvisar y música para cocinar. Para besar. Música de casa, de domingo y de lo que surja, o música Seguir leyendo “QUE NO MUERAN NUNCA LOS CANTANTES”

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