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The Red Door

A veces, la vida

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Quesito MARRÓN (microrrelatos)

LAS NOCHES DE VERANO

Cuando éramos pequeños (seguimos haciéndolo) veíamos los fuegos artificiales desde la vieja casa. Sonaban a palomitas de maíz metidas en el micro y todos corríamos por el pasillo como locos para disfrutar de las vistas privilegiadas de mi ventana favorita. Eran días de luz. Eran días azules, naranjas y blancos en una proporción que aún hoy desconozco. Tres cuartos de cielo y un cuarto de mar. ¿O quizá era al revés? Nunca nos cansábamos de contar azules, de playa, de sol. Nunca teníamos tampoco suficiente, porque éramos insaciables, reincidentes, eternos. Y nada podía robarnos los días de verano.

Recuerdo que el calor era igual de sofocante de lo que lo es ahora. Pasados los ligeros meses de primavera, se hacía con toda la vieja casa, dejando apenas un par de rincones furtivos libres de su dominio, y se acumulaba en cada una de las estancias hasta reducirlas a marmitas vivas que hacían imposible la retirada de los viejos ventiladores, que pasaban sin duda por su época menos gloriosa. Vuestra abuela recorría como una jefa de campamento los pasillos con cubos de agua mientras nosotros corríamos descalzos, sudorosos y en ropa interior o bañador hasta que caíamos rendidos y la siesta Seguir leyendo “LAS NOCHES DE VERANO”

QUE SE NOS VA LA OLLA

Somos un poco expertos en todo. Quedas a comer con amigos y los arquitectos porfían a los médicos mientras éstos les dicen cómo deben construir casas; al otro lado de la mesa, los profesores piden que los niños vengan de casa meados y llorados, y los padres dicen que de eso nada; y en el autobús hay tertulias profesionales sobre el asfalto, el tráfico y los ayuntamientos, porque estamos cargados de razón, claro.
A menudo enriquece, los debates nos hacen ser lo que somos; lo que no entiendo me gusta es esa necesidad mortal de llevar la razón por encima de todo y de todos. Ser considerado y educado con los sentimientos ajenos es lo menos torpe y más enriquecedor del mundo. A menudo damos por supuesto que nuestras convicciones, creencias y sensaciones son universales; o, al menos, certeras. Y negaremos esto si nos lo preguntan, pero lo cierto es que no nos suele gustar que nos cuestionen. Claro que no. Y muchas veces confundimos la pasión con los decibelios, decía Carlos Alsina un día de verano, como si así tuviésemos más razón o lo que decimos fuese más importante, mas verdadero, más lógico. Seguir leyendo “QUE SE NOS VA LA OLLA”

TODO ESO QUE QUISE DECIR

Cuando tenemos 20 años nos imaginamos con 30, con 30 nos imaginamos con 40, y con 60 nos imaginamos de vuelta a los 20. Nunca seremos tan jóvenes como hoy, y ese mantra debería acompañarnos cada día, grabado a fuego en la piel. A veces creo que no queremos mucho o poco, sólo queremos, y punto. Después de todo, los «te quiero» y los «gracias» son mejores en solitario, sin adjetivos, adverbios y adornos superfluos que los vacían y camuflan de lo importante. Siempre he pensado que los que te dicen “no pasa nada” en realidad no tienen ni idea de nada. Se puede decir mucho de una persona por cómo trata a los camareros. Y se puede decir mucho de un restaurante si el menú tiene fotos. Los tríos nunca son buenos: ni en la cama, ni entre amigos, ni en las Bermudas. Somos más las derrotas que las victorias, y más lo que tenemos que lo que perdimos por el camino. No hay nada mejor que echarle sentido del humor y ligereza a la vida, y mayonesa a las patatas fritas. Nunca pidas ensaladas en una hamburguesería, ni vayas al súper un lunes. En serio, mira siempre donde pones Seguir leyendo “TODO ESO QUE QUISE DECIR”

ME GUSTA ESA GENTE

Me gusta esa gente que da sorpresas. Ésa que se ríe sin querer. Y esa otra gente que se acuerda de lo importante. Me gusta la gente que acude al rescate, la que se busca la vida y tiene iniciativa. Me gusta la gente que contagia energía. La que habla de las películas por colores, porque Her siempre será roja y Amélie, verde. Esa gente que, mientras te saca sangre para donar, te sonríe y te da las gracias más sinceras. O un abrazo. Me gusta esa gente que aprieta la mano de verdad cuando la da. Ni blandiblú ni medias tintas. La que se pringa y la que pringa por echar un cable. La que te empuja, te hace subir y subir. La que te salva. Esa gente con grandes dosis de sentido del humor. Me gusta la gente que no le echa morro, la que no arrampla con todo a su paso; porque no hace falta; porque somos muchos. Me gusta la gente que te recomienda ESE libro. La que no hace preguntas indiscretas. La que no dispara sin control. La que no se cree en posesión absoluta de la verdad, cargados de razón, por encima de todo y de todos. Me gusta la gente que asume Seguir leyendo “ME GUSTA ESA GENTE”

LOS CHICOS DEL CALENDARIO

Cuando mi ex me dejó, me convertí en Judy Garland versión siglo XXI. Mi vida pasó a ser en blanco y negro, rodeada de restos de pizza, cleenex petrificados y escenas tan teatreras que eran perfectamente dignas de los 50, con golpes de pecho, puños en alto y todo muy lacrimógeno, en definitiva. Lo sé, sé lo que algunos pensaréis de mí, habrá incluso quien quiera recetarme una lobotomía para curarme de mi adicción patológica a la vida de cine, a los dramas, al show. Me llaman excéntrica, me tildan de loca. No lo dudo.

La verdad es que desde aquel mes de enero, nada volvió a ser igual. Yo misma no volví a ser igual. Podría haberme dado por la ópera, el boxeo o las compras compulsivas, pero así es la vida, ¿no? No puedo decir que no me lo avisasen, que no me hablasen de las famosas fases de súplica, locura, indiferencia y adaptación. Pero la pena se engancha si la dejas que te enganche. Cerré la puerta de casa, me abastecí de provisiones, hidratos y todos los vicios que supe encontrar para más tiempo del que podrían ustedes imaginar, y alquilé de la A a la Z todas las películas y documentales que mi cabeza y sobre todo mi DVD fueron capaces de soportar.
Hubo muchos, tantos como meses. Tantos como historias, Seguir leyendo “LOS CHICOS DEL CALENDARIO”

LO QUE NO LATE

«Sentado en el sofá de su casa, aguantando los envites que le daba la vida con tan sólo treinta y siete años, marcó tranquilamente el número de emergencias. A Joaquín un día se le paró el corazón. No hubo aviso previo ni recibió una carta certificada notificándole la noticia: ocurrió de repente. Él supo que algo pasaba cuando comenzó a respirar con dificultad y a sentir que la sangre no recorría el camino habitual de un lado a otro de su cuerpo».

La noticia dio la vuelta al mundo en 2012, cuando un bombero checo sobrevivía durante meses sin corazón. A Jakub Halik le habían diagnosticado unos meses antes un tumor maligno en el mismísimo corazón que le dejaba sólo un año de vida por delante y todos los especialistas le dijeron lo mismo: vamos a recetarte unas pastillas para que, cuando haya un donante compatible disponible, tu cuerpo no rechace el nuevo corazón. Otros muchos le desahuciaron: era demasiado agresivo y lo mejor era estar en casa.

Pero todo ese plan también tenía riesgos: en un tumor así, los medicamentos podían tener el efecto contrario y reforzar a las células malas.

Entonces, el cardiólogo Jan Pirk le propuso todo un salto al vacío… Seguir leyendo “LO QUE NO LATE”

NOSOTROS, LOS DE ENTONCES

No te lo vas a creer, Emma. El día que te fuiste de casa, por la mañana, abrieron el bar que llevábamos meses esperando que abrieran. Parece que lo hicieron adrede, oye, me sentó fatal. Bueno, en realidad me pareció cosa del destino, ya ves tú, como esas puertas que se abren y cierran, pues lo mismo.

No recuerdo mucho más.
Recuerdo que llovía a cántaros, como si fuera el fin del mundo y el mar se vaciara. O sea, llovía a mares más bien. ¿Te acuerdas cuando te reías de mi capucha de Pescanova y dabas saltitos hasta quitármela? Recuerdo también que esa mañana, la que te fuiste, te mandé a todas partes. Le conté a la portera que tenías un congreso, y al indiscreto viudo del tercero que estabas visitando a tus padres en la costa. Llamó mi hermano a cada hora, y todas las veces le conté que éramos muy felices, que no podía sentirme más afortunado y que habías llenado esta casa de sentido. Por fin. Luego colgaba y me daba por fumar y pensar en ti, yo que nunca fumo.

Es todo lo que recuerdo, Sofía. No sé qué llevaba puesto ni si tú llevabas algo o no, no sé si Seguir leyendo “NOSOTROS, LOS DE ENTONCES”

DE OTRO PLANETA

A Tim Burton le sobraban los zapatos; podemos colgarlos ahí en lo alto y mudarnos sin maletas. A ese otro planeta. Podemos mudarnos con lo puesto, aunque nunca fuiste de ponerte nada, y salirnos con disimulo del camino. Mover señales a nuestro antojo, hasta convertirnos en ellas o hasta darles la vuelta. Y a ver qué pasa, esa fue siempre nuestra ruta.

Podemos mudarnos allí donde nos sobren los motivos. No necesitamos excusas ni visas, no las cojas, nadie nos lo va a pedir. Coge fuerte el volante y arranca… mientras aguanten los huesos, mientras le queden arrugas a este mapa. Que si quieres quemamos el asfalto, que si quieres saltamos alto. Volamos sin frenos, que total, para qué. Que total, para quién.
Podemos mudarnos allí, donde el invierno no es tan frío; donde ni listos ni preparados, pero allá que vamos; donde no somos invencibles, sólo valientes. Allí donde no hay jurisdicción. Sus leyes las desconozco y, ya sabes, hace tiempo que me declaré incompetente en eso de sentar precedente y condenar otros pasos.

Venga, vámonos. A qué esperas. No me mires así; o mejor, mírame más. Y vámonos ya. Hagamos de cada día Seguir leyendo “DE OTRO PLANETA”

LAS MUJERES DE MI VIDA

Tengo una manía inconfesable. Algunos dirán que soy un rarito, un maniático de esos que deberían ser señalados con el dedo, e incluso habrá quien quiera encerrarme bajo llave sin ver la luz del sol, condenado no sólo por mi manía patológica sino encima también por la sociedad al completo: desde que tengo uso de razón, sólo salgo con mujeres esdrújulas. Y quien dice salir, dice compartir besos y cama, en ocasiones hasta viajes y llamadas nocturnas, bailar, tontear, intercambiar teléfonos o, si la cosa se pone seria, hacer las presentaciones oficiales.

La primera fue Águeda. Creo que empecé a darle vueltas cuando todo en ella, excepto su nombre, me parecía mejorable. No disfrutaba con sus besos, pero no tenía con qué comparar; su pelo era lacio y de un tono indefinido; sus manos, grandes y torpes; y su voz me daba tal dolor de cabeza que nuestros encuentros apenas duraban un par de horas. Comía que devoraba, pero explicaba que era para suplir la falta de amor, y yo, pese a todo, sentía que quería estar con ella, dibujar su nombre en la arena, pronunciarlo entre mis amigos incluso cuando no venía a cuento y tatuarme una A en el tobillo.
Hasta que en la universidad conocí a Mónica, lánguida y aprehensiva, desencantada ya de los hombres y con un halo nostálgico flotando sobre su cabeza. Tenía un don para domar ese mechón rebelde de mi frente, pero también tenía tantos sueños que se volvió adicta a los barbitúricos. Seguir leyendo “LAS MUJERES DE MI VIDA”

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