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The Red Door

A veces, la vida

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Quesito MARRÓN (microrrelatos)

EN CASO DE DUDA

De tanto que se escribe y habla sobre ciertos temas, acaban por convertirse en lugares comunes, donde pasan de la categoría de imprescindibles a la de cargantes para acabar siendo ignorados. Como cuando nos repiten lo mismo cien veces sin cambiar a los protagonistas, el guión o los escenarios: que pasamos y por aquí me entra a la vez que me sale… aplicable a familias, jefes, parejas, telediarios e incluso columnas de periódico. Otros asuntos del día a día pasan, en cambio, desapercibidos, no por repetitivos, sino por rutinarios. Que no siempre es lo mismo. Tanto, que los damos por sentado. Porque son y están, y porque no se los espera porque nunca faltan. Por eso creo que a veces está bien recordarlos.

Salir de fiesta, la lotería y llevar la razón están sobrevalorados. Igual que los cafés de cereales con más cola que las rebajas de enero. No mires donde no toca: puedes acabar encontrando lo que no debías. Nuestras fobias y filias dicen (casi)todo de nosotros; y nuestras miradas casi siempre empiezan siendo el reflejo de nuestros complejos. Creo que uno de los mejores aprendizajes es saber afrontar las críticas, las derrotas y los tachones en rojo, que diría el guardián. Y que hablar de series, cine, arte o literatura no sólo alimenta nuestra imaginación sino que también evita hablar de otras cosas (léase discutir).

Últimamente creo Seguir leyendo “EN CASO DE DUDA”

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VOLANDO VOY

Nunca me había parado a pensar en eso de que los hospitales y los aeropuertos tienen algo en común. Y también los hospitales con las carnicerías, que diría Milena. «El suelo de gres blanco, la hilera de sillas ahora vacías en las que se sientan las señoras que esperan turno, los cuchillos como instrumentos de quirófano listos para el despiece y los tubos fluorescentes en el techo con su luz gélida y tan poco favorecedora».

Los aeropuertos son ese lugar de paso donde duermen las emociones y arraigan las multitudes. Igual que los hospitales, parecen todos iguales, y lo son. Unos y otros esconden vidas e historias que a veces se cuelan por los costados, se vuelven salvajes y desérticos si te pierdes en ellos, en su multitud, y son testigo de coincidencias. De reencuentros. De sorpresas. Los aeropuertos, los hospitales, son una cápsula de tiempo. Y la multitud, que esquiva maletas, personal, hileras de sillas y cuentas atrás, vigila las buenas historias. Y sobre todo las malas. Sonríe para después romper a llorar. Se abraza fuerte y lento. Saluda a los que se van y a los que no volverán. Porque es así. Porque cuando nos reencontramos nos abrazamos con ganas, nos balanceamos de emoción y nos besamos como si hiciese ya mucho desde la última vez. Nos miramos, nos reconocemos, nos tocamos. Seguir leyendo “VOLANDO VOY”

LOS PERFECTOS DESCONOCIDOS

Tengo una manía: me gusta escuchar conversaciones ajenas. Imaginar sus vidas, poner nombre a sus historias secretas, inventar otras realidades. Escribir en la clandestinidad. O espiar. Que, en mi caso, es lo mismo. Vivo en un séptimo piso de una casa de catorce viviendas, siete por dos. Más Luis, nuestro conserje colombiano. Quince. El ascensor se avería cada semana como un reloj suizo, fiel a su cita cada jueves, y las escaleras de casa se convierten en escenario compartido. Mi particular ático sin ascensor, en honor a Keaton y Freeman.

En el quinto derecha, era la mañana de un jueves y a las seis y dieciocho minutos sonó el primer despertador. Después de esa alarma, sonarían otras cinco más, en intervalos de cuatro minutos y ahogadas con un simple dedo desde antes de que el tercer tono comenzara a sonar. Lucas es un hombre de rituales, devoto de sus liturgias y ritos cada mañana, así que desayunó un café rápido, se afeitó, se fumó el primer cigarro del día asomado al patio y con los dedos ateridos, y cogió las llaves, cerrando sigilosamente la puerta de entrada, como si aún quedase alguien allí dentro. Se maldijo por no haberse acostado antes la noche anterior y pensó que aquella mañana el pasillo estaba Seguir leyendo “LOS PERFECTOS DESCONOCIDOS”

EL ECO NO VUELVE SI NO GRITAS

Cuando somos pequeños y cargamos en la espalda una pesada mochila llena de libros que no queremos leer y deberes pendientes por hacer, nos enseñan desde una pizarra que el mundo gira en torno a teorías, reglas, principios y cálculos. Que ahora sabemos que la tierra es redonda, por qué el mar es de color azul, y que nuestro universo podría ser simplemente el experimento de un niño de secundaria de otro universo paralelo. Como en Matrix. Y nos apoyamos con fuerza sobre todas esas teorías, reglas, principios y cálculos para que el resto de decisiones que dependen de nosotros parezcan un poquito más livianas. Como si lo importante ya fuese seguro y nosotros sólo tuviésemos que jugárnosla un poco, pero no demasiado. Cuando, en realidad, el eco nunca vuelve si tú no gritas.

Hoy le robo a Miki Naranja, un poeta de esos que hace extraordinario lo más cotidiano, su recopilatorio de apuntes para resumir nuestras teorías, nuestras ciencias y nuestros orígenes:

APUNTE DE FÍSICA
El eco no vuelve
si no gritas.
PRINCIPIO DE PASCAL
Tomando la inteligencia
como una constante,
cuanto más te vacíes
más te llenas.
APUNTE DE BOTÁNICA
Las plantas crecen
en todas las direcciones.
APUNTE DE ASTRONOMÍA
La verdadera distancia
se mide en años.
APUNTE DE QUÍMICA  Seguir leyendo “EL ECO NO VUELVE SI NO GRITAS”

UNA VIDA DE CINE

La primera vez que veo una peli siempre se me escapan cosas, detalles de los buenos. Supongo que por eso soy de las que repite siempre peli, como tú. Luego las veo con otra perspectiva, con otra pausa, y las devoro (a veces incluso con papel y boli) como si fuese un libro y pudiese pasar las páginas, retroceder, anotar y doblar esquinas.
Y de cada una de ellas (de las buenas) me quedo siempre con una frase, con una escena. Con un clic que me hace mirar más allá, o que se me suban las tripas a la garganta, o reír hasta no poder más. O, por qué no… salir literalmente bailando del cine.

Siempre quise una colcha llena de fotos bonitas cosidas. Toda una vida para taparse cada noche de invierno con los mejores recuerdos. Sí, como ésa, una igualita a la que cosió Susan Sarandon en Quédate a mi lado, la peli que nos decía «nunca digas nunca» y que tenía la mejor coreografía encima de una cama jamás vista: pijamas, un secador de pelo y ain’t no mountain high enough. También quise ser Matilda desde que tengo memoria y tener el pelo de Ann y Hall, en Boston, en Londres o en California, donde fuera, pero que nadie pudiese decirme que no era pelirroja. Me la sabía de memoria, cada diálogo, cada baile, cada escena. Sólo me faltaba llamar “socio” a mi padre y comer Oreos con crema de cacahuete, pero todo llegará, amiga. Seguir leyendo “UNA VIDA DE CINE”

SEPTIEMBRE

Hace un par de veranos, cuando tocaba volver a volver, escribía:

Dicen que septiembre no nos lo pone nada fácil, con sus portazos inesperados, sus adioses bruscos y sus promesas a medias. Promesas de lo que pudo haber sido y no fue. O duró un suspiro. Sus amores de verano, que no verás en invierno, y sus días interminables, que olvidarás antes de que llegue el otoño. Sus cambios de armario, sus vientos locos y sus pies en la tierra. Paraísos lejanos a cambio de bofetadas de realidad. A grandes dosis, que se note. Dicen que es como un lunes eterno, 30 lunes seguidos. Anochece antes y todo está de nuevo por escribir. Te has comido todas las fichas, y hasta los quesitos, y ya sólo queda volver al punto de partida. Entrar en fase de negación contra los calcetines y las prisas. Adiós terrazas, adiós olas de calor. Los mares se vuelven más grises, como el cielo, y las maletas se desoxidan sólo algunos fines de semana.

Y mientras tanto fue verano. Y fue septiembre. Yo me quedo aquí, enterrada en la arena, a la sombra de cualquier palmera, con el salitre pegado en la piel y las algas enredadas donde quieran enredarse. Me quedo con el sol, con la vida pirata y contando azules en el mar. Me quedo sin saber qué día es, a qué hora comer o cuánto trasnochar. Con permiso para todo. Con el tiempo a favor. Sonrientes y morenos, despreocupados y descalzos, con otro ritmo, con otra piel.
Una piel más desnuda. Más libre. Más salada.
¿Dónde estaba yo hace un año? ¿Me imaginaba que hoy estaría aquí, así? ¿Y tú? Qué hacías, dónde estabas, qué querías y planeabas… Seguir leyendo “SEPTIEMBRE”

LAS NOCHES DE VERANO

Cuando éramos pequeños (seguimos haciéndolo) veíamos los fuegos artificiales desde la vieja casa. Sonaban a palomitas de maíz metidas en el micro y todos corríamos por el pasillo como locos para disfrutar de las vistas privilegiadas de mi ventana favorita. Eran días de luz. Eran días azules, naranjas y blancos en una proporción que aún hoy desconozco. Tres cuartos de cielo y un cuarto de mar. ¿O quizá era al revés? Nunca nos cansábamos de contar azules, de playa, de sol. Nunca teníamos tampoco suficiente, porque éramos insaciables, reincidentes, eternos. Y nada podía robarnos los días de verano.

Recuerdo que el calor era igual de sofocante de lo que lo es ahora. Pasados los ligeros meses de primavera, se hacía con toda la vieja casa, dejando apenas un par de rincones furtivos libres de su dominio, y se acumulaba en cada una de las estancias hasta reducirlas a marmitas vivas que hacían imposible la retirada de los viejos ventiladores, que pasaban sin duda por su época menos gloriosa. Vuestra abuela recorría como una jefa de campamento los pasillos con cubos de agua mientras nosotros corríamos descalzos, sudorosos y en ropa interior o bañador hasta que caíamos rendidos y la siesta Seguir leyendo “LAS NOCHES DE VERANO”

QUE SE NOS VA LA OLLA

Somos un poco expertos en todo. Quedas a comer con amigos y los arquitectos porfían a los médicos mientras éstos les dicen cómo deben construir casas; al otro lado de la mesa, los profesores piden que los niños vengan de casa meados y llorados, y los padres dicen que de eso nada; y en el autobús hay tertulias profesionales sobre el asfalto, el tráfico y los ayuntamientos, porque estamos cargados de razón, claro.
A menudo enriquece, los debates nos hacen ser lo que somos; lo que no entiendo me gusta es esa necesidad mortal de llevar la razón por encima de todo y de todos. Ser considerado y educado con los sentimientos ajenos es lo menos torpe y más enriquecedor del mundo. A menudo damos por supuesto que nuestras convicciones, creencias y sensaciones son universales; o, al menos, certeras. Y negaremos esto si nos lo preguntan, pero lo cierto es que no nos suele gustar que nos cuestionen. Claro que no. Y muchas veces confundimos la pasión con los decibelios, decía Carlos Alsina un día de verano, como si así tuviésemos más razón o lo que decimos fuese más importante, mas verdadero, más lógico. Seguir leyendo “QUE SE NOS VA LA OLLA”

TODO ESO QUE QUISE DECIR

Cuando tenemos 20 años nos imaginamos con 30, con 30 nos imaginamos con 40, y con 60 nos imaginamos de vuelta a los 20. Nunca seremos tan jóvenes como hoy, y ese mantra debería acompañarnos cada día, grabado a fuego en la piel. A veces creo que no queremos mucho o poco, sólo queremos, y punto. Después de todo, los «te quiero» y los «gracias» son mejores en solitario, sin adjetivos, adverbios y adornos superfluos que los vacían y camuflan de lo importante. Siempre he pensado que los que te dicen “no pasa nada” en realidad no tienen ni idea de nada. Se puede decir mucho de una persona por cómo trata a los camareros. Y se puede decir mucho de un restaurante si el menú tiene fotos. Los tríos nunca son buenos: ni en la cama, ni entre amigos, ni en las Bermudas. Somos más las derrotas que las victorias, y más lo que tenemos que lo que perdimos por el camino. No hay nada mejor que echarle sentido del humor y ligereza a la vida, y mayonesa a las patatas fritas. Nunca pidas ensaladas en una hamburguesería, ni vayas al súper un lunes. En serio, mira siempre donde pones Seguir leyendo “TODO ESO QUE QUISE DECIR”

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