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The Red Door

A veces, la vida

LOS PERFECTOS DESCONOCIDOS

Tengo una manía: me gusta escuchar conversaciones ajenas. Imaginar sus vidas, poner nombre a sus historias secretas, inventar otras realidades. Escribir en la clandestinidad. O espiar. Que, en mi caso, es lo mismo. Vivo en un séptimo piso de una casa de catorce viviendas, siete por dos. Más Luis, nuestro conserje colombiano. Quince. El ascensor se avería cada semana como un reloj suizo, fiel a su cita cada jueves, y las escaleras de casa se convierten en escenario compartido. Mi particular ático sin ascensor, en honor a Keaton y Freeman.

En el quinto derecha, era la mañana de un jueves y a las seis y dieciocho minutos sonó el primer despertador. Después de esa alarma, sonarían otras cinco más, en intervalos de cuatro minutos y ahogadas con un simple dedo desde antes de que el tercer tono comenzara a sonar. Lucas es un hombre de rituales, devoto de sus liturgias y ritos cada mañana, así que desayunó un café rápido, se afeitó, se fumó el primer cigarro del día asomado al patio y con los dedos ateridos, y cogió las llaves, cerrando sigilosamente la puerta de entrada, como si aún quedase alguien allí dentro. Se maldijo por no haberse acostado antes la noche anterior y pensó que aquella mañana el pasillo estaba Seguir leyendo “LOS PERFECTOS DESCONOCIDOS”

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A LOS CUERPAZOS

Todos los domingos por la noche, recibo un email con la newsletter de Andrea Amoretti. Hace unas semanas, el email que entró en mi móvil fue: bragas hasta la cintura. Ya sólo por el título, que me trajo una mezcla de recuerdos entre Bridget Jones y mi post de verano sobre estar frente al espejo, merecía la pena leerlo. Y fue todo un acierto porque me sacó una sonrisa, un par de carcajadas y varias reflexiones para reposar:

«No se me olvida aquel día de principios de verano comprando ropa interior nueva. Fue comprar mis primeras bragas de cintura alta y dejar de estar enfadada. Por muchas cosas. Todo uno. Ya hacía un año de aquel otro verano en el que me había propuesto tener otro cuerpo. Uno con diez kilos menos, una barriga plana y mis piernas de siempre. Pero no había pasado nada de todo eso. Seguía empeñada en decirle a mi cuerpo lo que yo quería y él insistía (pacientemente) contestándome con lo que yo necesitaba. Hasta que aquel día nos pusimos de acuerdo.
Será la aceptación o será el amor. Pero algo empezó a cambiar dentro de mí. Comencé a soltar rabia y a diluir un tipo curioso de frustración. Y dejé de estar enfadada con cosas que nada tienen que ver con ropa interior pero sí mucho conmigo misma. Así es como aprendes a querer el cuerpo que tienes. Seguir leyendo “A LOS CUERPAZOS”

BE NICE OR LEAVE

Un día, un hombre se acercó sin mediar palabra y escupió a Buda a la cara. Así empieza la parábola budista sobre cómo ignorar a quienes nos hacen daño. Cuenta la historia que sus discípulos se enfadaron mucho y, uno de ellos, Ananda, se acercó a Buda y le pidió:
—¿Puedo darle su merecido a ese hombre?
Buda le miró con serenidad, se limpió la cara y dijo:
—No, yo hablaré yo con él.
Y uniendo las manos en señal de reverencia, se dirigió al hombre que le había escupido:
—Vaya, gracias. Ahora ya sabemos que no siento ira dentro de mí. Me ha abandonado. En cambio, mis discípulos sí, a ellos todavía puede invadirles la ira.
El hombre, claro, no entendía lo que estaba sucediendo y se quedó triste y conmocionado: había ido a provocar la ira de Buda y, en cambio, había fracasado. Esa noche no consiguió dormir, dando vueltas en la cama, sin dar crédito a lo sucedido. Al día siguiente, acudió de nuevo a ver a Buda y, postrándose a sus pies, le pidió perdón desconsolado.
—No puedo perdonarte, no estoy enfadado contigo. Ya ha pasado un día y te aseguro que no hay nada que deba perdonarte. Si necesitas un perdón, ve con Ananda, échate a sus pies y pídele que te perdone. Él lo disfrutará.

A veces, viene bien recordar esta historia y su moraleja para no dejarnos envenenar, para no gastar una energía tan, tan necesaria para otras cosas buenísimas, o para decidir qué (y a quién) queremos o no en nuestra vida. Que sólo tenemos una. Seguir leyendo “BE NICE OR LEAVE”

TRABAJAR ERA ESTO

Desde hace un tiempo, tengo la sensación (apocalíptica) de que a nuestra generación nos come el trabajo. Quedamos a cenar con amigos y nos quejamos (entre agotados y resignados) de que vivimos en una carrera de fondo continua, de que echamos mil horas en el trabajo sin saber si merece la pena o si dejamos escapar la felicidad por esas pequeñas grietas, de que toca trabajar ese fin de semana o perder ese viaje de puente. Que-no-nos-da-la-vida. Y nos lo contamos unos a otros para aliviar la carga, compartir entre cañas y decirnos “calma, nena, que nada es tan importante”, a lo LucíaBe.

Oía el otro día en una conferencia sobre jóvenes talentos eso tan repetido últimamente de que los millennials somos esa generación con nuevas motivaciones laborales e ideas revolucionarias para cambiar el modelo poco a poco pero sin ganas de formar parte de grandes empresas líderes de nuestro sector, sino más bien de emprender, encontrar la motivación o crear un impacto positivo en la sociedad. Mover (y cambiar) el mundo. Pero también tengo a veces la sensación de que somos esa generación heredera de la crisis Seguir leyendo “TRABAJAR ERA ESTO”

LO QUE APRENDÍ EN IKEA

Cuando era pequeña, ir a IKEA era casi como ir al cine y comer palomitas. O como cenar del Burger, o merendar Nocilla, o acostarse tarde esperando a los Reyes. Pasaba una vez cada muchííísimo y yo tan feliz. Ahora también voy más feliz que una perdiz y me vuelvo loca, pero reconozco que IKEA es un mal necesario (te copio). Y hoy voy a contar lo que aprendí allí.

Por lo visto, nuestras casas son una proyección de nosotros mismos. De nuestra vida. Es decir, que entiendo que esas casas frías y modernas que a veces veo, mortalmente aburridas, huecas e impolutas hasta el extremo de la monotonía más rancia, reflejan más de lo que pensábamos de sus inquilinos… que supongo que serán tan soporíferos como sus chozas, ¿no? Jaja. El club de la lucha tiene una escena genial, de esas inolvidables del cine, a lo Tarantino, en la que Edward Norton, sentado en el váter leyendo un catálogo de IKEA, dice de sí mismo: «Como tantos otros, me había convertido en un esclavo del instinto IKEA para acomodarse en casa. ¿Qué clase de vajilla definiría exactamente mi personalidad? Tenía de todo». Seguir leyendo “LO QUE APRENDÍ EN IKEA”

SIN PLANETA B

Antiguamente, los barcos eran de madera, hechos de los árboles y de la mano del hombre, y cuando ya no servían se dejaban en la tierra, hasta que esa madera se degradaba, volvía a la naturaleza de donde había salido y el ciclo se cerraba. Creo que ahí empieza el gran reto de toda nuestra historia: elegir siempre entre rapidez y comodidad frente a ser amables con nuestro planeta. Evolucionar sin hacernos tanto daño.

Siento que en algún momento perdimos de vista que la naturaleza es nuestro origen y el motor de nuestra vida, o que olvidamos mirar un poco más allá de nuestras cuatro paredes para pensar en global. Tan necesario y tan importante. Por eso creo que el grito “no hay plan B porque no hay planeta B” suena (o debería sonar) cada vez más fuerte en cada uno de nosotros; porque el cambio climático que muchos negaban nos engulle cada día un poquito más; a nosotros, a nuestro planeta, a nuestra naturaleza, a los que vendrán detrás de nosotros.

Estos días, me ha dado por pensar que la preocupación por el medioambiente es otra de esas cosas que enviamos al final de la lista, como si fuese una guerra ajena, paralela a nuestras vidas, pero jamás nuestra. Eso siempre nos pasa. Seguir leyendo “SIN PLANETA B”

SOBRE LO QUE NO PREOCUPARSE

El otro día vi una foto muy loca y pensé que hay que organizar fiestas en casa. Y si tienes un jardín grande, con más razón, es parte ineludible del contrato. Cualquier razón es buena, no hacen falta. Fiesta de esas que recuerdes siempre por tener la casa hasta arriba de gente echando una mano y llenando el buche, por estropear ese sofá caro, por romper una lámpara que no debías y por pasarte dos días limpiándolo todo como si no hubiese un mañana. Hay que organizar fiestas temáticas donde cada uno se salte las normas a la torera y las recuerdes cuando no te queden fuerzas. Fiestas donde estén todos los importantes, aunque no haya hueco ni para un alfiler. Fiestas para bailar como los Rolling Stone, tan joven y tan viejo; fiestas para perder la vergüenza, para enseñar lo que no se puede, para hacer barbacoa con un secador de pelo, para quemar la pista, para anestesiar los pies, para sudar la chaqueta y después perderla, para decir tonterías sin límites y para besar y bailar y reír.

Mientras pensaba en eso pensaba en todo eso por lo que no merece la pena preocuparse. Todo eso que muchas veces nos remueve, Seguir leyendo “SOBRE LO QUE NO PREOCUPARSE”

EL ECO NO VUELVE SI NO GRITAS

Cuando somos pequeños y cargamos en la espalda una pesada mochila llena de libros que no queremos leer y deberes pendientes por hacer, nos enseñan desde una pizarra que el mundo gira en torno a teorías, reglas, principios y cálculos. Que ahora sabemos que la tierra es redonda, por qué el mar es de color azul, y que nuestro universo podría ser simplemente el experimento de un niño de secundaria de otro universo paralelo. Como en Matrix. Y nos apoyamos con fuerza sobre todas esas teorías, reglas, principios y cálculos para que el resto de decisiones que dependen de nosotros parezcan un poquito más livianas. Como si lo importante ya fuese seguro y nosotros sólo tuviésemos que jugárnosla un poco, pero no demasiado. Cuando, en realidad, el eco nunca vuelve si tú no gritas.

Hoy le robo a Miki Naranja, un poeta de esos que hace extraordinario lo más cotidiano, su recopilatorio de apuntes para resumir nuestras teorías, nuestras ciencias y nuestros orígenes:

APUNTE DE FÍSICA
El eco no vuelve
si no gritas.
PRINCIPIO DE PASCAL
Tomando la inteligencia
como una constante,
cuanto más te vacíes
más te llenas.
APUNTE DE BOTÁNICA
Las plantas crecen
en todas las direcciones.
APUNTE DE ASTRONOMÍA
La verdadera distancia
se mide en años.
APUNTE DE QUÍMICA  Seguir leyendo “EL ECO NO VUELVE SI NO GRITAS”

LAS CASAS VIEJAS

A veces, cuando la rutina nos come y la memoria reciente duele o escuece, nos instalamos en los recuerdos. Como si ellos fuesen un bálsamo que nos reconciliase con esa memoria y nos abrigase un poquito en los momentos más grises. Pero lo cierto es que todos sabemos que son efímeros, que vienen y se vuelven a ir, y que con el paso del tiempo se van deshilachando poco a poco hasta dejar de ser lo que eran. Es inevitable.

Las casas viejas son parte de nuestro ADN, de nuestras raíces, de nuestra esencia más básica. Conservan las huellas de quienes les dieron vida. Y cuando de repente, un día, se vacían, siento que nos invade un escalofrío de nostalgia que es tan inevitable como esos recuerdos de los que hablaba. Cuando volvemos a ellas, huelen a lo de siempre. A lo que siempre olieron. Tienen vida propia. Todo sigue donde ellos lo dejaron. El sillón orejero de la esquina, con su piel ya cuarteada; los cojines de la cama, de dos en dos; las tazas en el armario, de tres en tres; y los botes a medio usar, la tele en su canal, las fotos en su sitio, como guardianes que también ven pasar el tiempo por ellos. Seguir leyendo “LAS CASAS VIEJAS”

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